jueves, 3 de mayo de 2007

OTRO, MIENTRAS EL RELOJ LATE IMPERTURBABLE.

¿Qué hacer si, súbitamente, la tristeza rellena cada instante?.

¿Qué hacer si esa citada angustia existencial se convierte en un pinchazo continuo en las entrañas?.

¿Qué hacer si las lágrimas apenas tienen ya fuerza para no derramarse?.

¿Qué hacer si lo que parecía un rumbo claro se torna una visión fantasmagórica, borrosa, agónica?.

En clase hoy hemos tratado algunas noticias profusamente. La verdad es que casi no tengo fuerzas para hacerlo. Son siempre las mismas. Roban, sufren, aparecen, mienten, derrochan, siempre los mismos. Los mismos atropellos, destrozos, extinciones, tragedias de siempre. Y ésto salpicado de otras que cuesta creer ocurran en nuestro mundo de civilizados.

Subía a las tres hacia la escuela, cargado de cacharros como siempre, mientras llovía abundantemente. En ese momento me adelantó con el coche una señora de una niña de la escuela que suele negarme el saludo frecuentemente. Me aparté, pero la gran velocidad que llevaba provocó que me salpicara desde los tobillos hasta las cejas. Supongo que lo haría con buena intención.

Acabo de despedir a las madres tras la última reunión del curso. Me gustaría ver alguna vez a los padres. Hemos tratado cuatro cosas y una excursión pendiente. Observo que (me) resulta imposible poner de acuerdo a las familias cuando tratamos algo un poco alejado de lo normal. Sigue siendo lo más ingrato de mi trabajo. También hemos organizado una rápida exposición para que los niños mostraran a sus familias lo que hemos podido analizar durante el curso relacionado con el medio ambiente: las egagrópilas, algunas fotos, piñas comidas por ardillas, algunos cráneos de mamíferos, algunas garras de aves, unos pocos insectos, serpientes y sus mudas, cuernos, agallas de roble y carrasca, etc. Para ellos ha sido una bonita actividad. Será por mi pesimismo, pero varias caras de asco o indiferencia pronosticaban un complicado trabajo con los niños en torno a su educación natural. No es problema de estas familias, claro está. El problema es de la sociedad. Y no pretendo parecer un visionario profeta agorero; creo que echando un vistazo al panorama todo el mundo puede llegar a similar conclusión.

Cojo la tecla veinte minutos después. Me han visitado siete u ocho niños. Siguen contentos, me piden fotos, acertijos, y hablan de lo bien que estuvieron en el CRIET. Poner toda la ilusión en la escuela me aporta grandes satisfacciones, pero también implica que su ausencia dificulte tremendamente el trabajo.

Cada año, el camino andado, se guarda en un tarro en la correspondiente sección cerebral. Con su etiqueta, su fragancia, sus imágenes, sus sonidos. El curso pasado ansotano pude revisar este tarro antes de que fuera ordenado en su lugar, al acabar el curso, a causa de la intensidad del mismo. Este curso, aún sin acabar, ya empiezo también a vislumbrar las características que tendrá la mezcla. Será una mezcla muy extraña: con grandes zonas claras y con otras muy oscuras. Pero, ante todo, la tristeza será un ingrediente que impregnará toda la receta. Tengo algunas cosas importantes que decir, pero aún debo pensarlas mejor. Quizá deba esperar a ser viejo para contarlas.

martes, 1 de mayo de 2007

ORQUÍDEA Y OTRAS COSAS IMPRONUNCIABLES.

lunes, 30 de abril de 2007

ESCUCHA ABUELICA.

Hola abuela. Todo sigue marchando bien. Con dudas, como siempre será, pero bien. Hay muchas cosas bonitas en marcha. Me hubiera gustado que esperases un poco y hubieras visto el pueblo donde vivo, lo que aún tardará en llegar, o la exposición próxima sobre escuelas abandonadas en las que he tenido la fortuna de participar. No hice gran cosa, pero seguro que te hubiera hecho feliz. Y otras muchas.

Hace unos días Jaime me regaló un libro de poesía. Te escribo una que me gusta. Se titula Canción 22, y es de Rafael Alberti. No te preocupes, que yo te la leo.

Yo no sé – dímelo, viento-
si al cabo de tantos años
el canto que sopla dentro
de mi corazón, la música
de mi corazón son algo
más que tú, que eres tan sólo
viento.

¿Qué he sido, viento?
Viento quizás, solo viento.
Solo, ahora, aquí contigo,
de cara a ti –dime, viento
cansado de estas barrancas-,
¿soy lo que tú, solo viento?.

Quise ser vario, diverso,
múltiple, tener un cántico
pleno.
yo quise
tener un cántico pleno.

Pero no sé, viento solo,
perdido de estas barrancas,
si seré al fin lo que tú:
viento.
Algo que tan sólo pasa
y en nadie deja recuerdo.

Viento quizás, solo viento.

A ver si un día te puedo leer una mía. Si te parece bien, de vez en cuando, te contaré algunas cosas de lo que ocurre por aquí. No te preocupes demasiado, que tenemos cuidado con las puertas, el gas, y esas cosas. Un beso.

Por si quieren poner música a esto, suena en mi cabeza Sad Eyes de Bruce Springsteen.

sábado, 28 de abril de 2007

SUEÑO ELECTRÓNICO.


Perdón, me había quedado dormido y creía que estaba

EL PLANTADOR DE DÁTILES.

Recojo el cuento de La Tierra Tiene Fiebre, un estupendo blog para los que sufren por el rumbo elegido por el hombre. Habría que echar también un vistazo a Desde el Sekano (incluido un vídeo enlazado desde Texto Casi Diario), y a Barracuda.

En un oasis escondido entre los más lejanos paisajes del desierto se encontraba el viejo Eliahu de rodillas, al lado de unas palmeras datileras.Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis para que sus camellos abrevaran y vio a Eliahu sudando mientras parecía escarbar en la arena.

-¿Qué tal, anciano? La paz sea contigo.
-Y contigo- contestó Eliahu sin dejar su tarea.

-¿Qué haces aquí, con este calor y esa pala en las manos?-

Estoy sembrando- contestó el viejo.

-¿Qué siembras aquí, Eliahu?

-Dátiles- respondió Eliahu mientras señalaba el palmar a su alrededor.

-Dátiles- repitió el recién llegado. Y cerró los ojos como quien escucha la mayor estupidez del mundo con comprensión-. El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. Ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa de licor.

-No, debo terminar la siembra. Luego si quieres, beberemos…

-Dime, amigo. ¿Cuántos años tienes?

-No sé… Sesenta, setenta, ochenta… No sé… Lo he olvidado. Pero eso, ¿que importa?

-Mira amigo. Las datileras tardan más de cincuenta años en crecer, y sólo cuando se convierten en palmeras adultas están en condiciones de dar frutos. Yo no te estoy deseando el mal, y lo sabes. Ojalá vivas hasta los ciento un años, pero tú sabes que difícilmente podrás llegar a cosechar algo de lo que hoy estás sembrando. Deja eso y ven conmigo.

-Mira, Hakim. Yo he comido los dátiles que sembró otro, otro que tampoco soñó con comer esos dátiles. Yo siembro hoy para que otros puedan comer mañana los dátiles que estoy plantando… Y aunque sólo fuera en honor de aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea.

-Me has dado una gran lección, Eliahu. Déjame que te pague con una bolsa de monedas esta enseñanza que hoy me has dado- y, diciendo esto, Hakim puso en la mano del viejo una bolsa de cuero.

-Te agradezco tus monedas amigo. Ya ves, a veces pasa esto: tú me pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembraría. Parecía cierto, y sin embargo, fíjate, todavía no he acabado de sembrar y ya he cosechado una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo.

Del libro de Jorge Bucay Déjame que te cuente. A su vez, de un cuento sefardí de Leo Rothen's Jewish Treasury.

UN DOLOROSO ATARDECER.

No estaré orgulloso de esta semana. No la colocaré en la lista de méritos de las próximas oposiciones. Ni siquiera la nombraré en el blog. Esta semana he sido un extraño en la escuela.

También mi cabeza ha sufrido un retorcimiento brusco y terrible. Quizá nunca logre recuperarme. De hecho, ya sueño con el momento. Lo entreno cada día, lo siento, lo saboreo, lo imagino, lo huelo, y sigo, dolorosamente, sin comprender nada.

El Galacho de Juslibol me regaló esta imagen la semana pasada. Quizá sea lo mejor que puedo ofrecer.

viernes, 20 de abril de 2007

PAGA EXTRAORDINARIA.

He abierto la ventana del salón, y me he encontrado una carta. Ya ven que bestias somos aquí: las cartas se lanzan a las ventanas, nada de buzones de correo.

La envían tres zagales de mi clase. Además de la amable inscripción, en su interior incluyen sesenta céntimos de euro, a veinte por cabeza.

Este mes pasaré menos apreturas. Del corazón, claro.