viernes, 5 de septiembre de 2014

VUELOS.

Hoy corría por un bosque que en otro tiempo cercano me hubiera hecho sentir en conexión mística con el Universo. No sentía nada, quizá me sentía incluso extraño. Pensaba, mientras subía, resbalaba y me torcía los tobillos, en la escuela y en algunas situaciones que muy probablemente son disparatadas. Seguía subiendo y seguía sin estar allí, como ahora seguramente no estoy aquí.





domingo, 31 de agosto de 2014

CUATRO LAMENTOS Y MEDIO PARA (VOLVER A) COMENZAR.

Brumas en el pensamiento

Lanzo las últimas miradas a la casa. Tiene el sonido hueco por estar ya casi vacía y porque no ha sido un lugar especialmente pleno en sentimientos. En unas horas estaré trabajando en un nuevo lugar. No estoy seguro si es por la vejez acuciante, por el elevado número de mudanzas y cambios en poco tiempo, por otras razones desconocidas o por todas juntas, pero cada vez se hace más complicado cerrar una vida y empezar otra. Quizá haya un número preestablecido de cambios vitales y yo lo haya agotado. Creo que he superado el límite vital de descarga de datos y cambios trascendentes y por eso ahora estoy viviendo con la mínima velocidad de mantenimiento en la conexión, sin saber siquiera si puedo obtener un bono extra para ir tirando unos meses. Releyendo lo anterior me sorprendo porque quizá esté dando explicación y diagnóstico a una extraña enfermedad que me afecta desde hace un tiempo en los meses finales del año, que me deja sin energía y me hace vivir a mitad de velocidad: he agotado mi tarifa de experimentación de circunstancias vitales y solo puedo vivir con la cuota de velocidad mínima. Si las inmorales compañías de telecomunicaciones valoraran esta opción no dudarían en explotarla. He aquí una buena idea para desarrollar en un libro sobre la alienación del tiempo presente.

Buscar casa en un pueblo me resulta siempre una circunstancia ingrata y este año no es diferente. Cuando el lugar es frecuentado por turistas, la mayor parte de casas están dedicadas a ellos, pues se cobra en un mes el alquiler equivalente de una persona normal durante casi el año completo. Por eso, la frustración de buscar y preguntar sin obtener fruto es una de las primeras sensaciones. Por otra parte, en los pocos espacios que quedan disponibles para trabajadores simples y llanos como yo, sin ánimo de dejarme paga y media por cubrir mis huesos casa noche, existe algún tipo de regla misteriosa en virtud de la cual cada año te piden un alquiler más caro. Así ha ocurrido en cada lugar desde hace diez años cuando comencé a trabajar como aprendiz de maestro. Curiosamente esta regla no considera que cobro lo mismo cada año, incluso menos que cuando comencé. Es evidente que para los pueblos el turismo es una vía de salvación, pero estoy seguro que este recurso crea desajustes muy importantes que quizá los organismos públicos deberían atender: para una familia de economía normal es muy difícil ir a vivir a uno de estos lugares porque los precios de venta de las casas siguen siendo tan desproporcionados como hace unos años. Por su parte los alquileres son igualmente difíciles de asumir y además se tiende a que prácticamente todos estén dedicados al turismo. Muchos de estos pueblos dependen en un porcentaje cercano al 100% del turismo, estando en vías de desaparición actividades del sector primario y siendo inexistente el sector secundario. Y esto me crea una sensación extraña de que se están convirtiendo en gigantes centros de interpretación donde se habla de lo que se hacía, lo que se comía, de lo que allí sucedió… pero vacíos en lo referente al presente. Esto es una impresión muy personal y mal expresada que enfadaría a muchas personas que viven con esfuerzo en estos lugares.

Cansado, triste, angustiado y enfermo comenzaré el curso 2014-2015. Y en nada estaremos despidiéndolo. Buen comienzo para todos los maestros de bien hastiados por la burocracia.

viernes, 22 de agosto de 2014

AÑO NUEVO.

Despegando

Hoy es tres de enero de 2015. En vistas de que el año en curso estaba resultando tan grotescamente desafortunado, decidí ponerle fin y comenzar uno nuevo lleno de buenos propósitos y ese tipo de cosas que las personas solemos hacer en estas fechas. De momento han sido tres días buenos. Y en el peor de los casos, poco costará saltar al dos mil dieciséis. 

Quizá he entendido tan escasamente lo que ha ocurrido en los meses pasados porque dejé de escribir, aunque lo más probable es que dejara de escribir justo porque no entendía ni lo más elemental que ocurría alrededor. 

En apenas nueve días estaré trabajando en una nueva escuela. Una escuela pequeña y sencilla, como mi cerebro. Por ello espero encontrar la sintonía habitual con estos lugares. Comenzaré con algo ganado y es que habré abandonado el anterior centro escolar, que probablemente se insertará en mi historial personal como el lugar de trabajo con el ambiente más represivo y degradante. Un centro en plena armonía con los tiempos actuales, donde la presión de la burocracia, de las medidas dictadas siguiendo la última ocurrencia, del "hacer por cubrirse las espaldas", están poniendo en apuros enormes cualquier intento o maestro centrado en aportar algo de valor a los niños. 

Espera una clase con unos pocos niños y casi todo por hacer, una vez más.

miércoles, 14 de mayo de 2014

SOBRE UN MAESTRO INÚTIL QUE SE BUSCA A SÍ MISMO.

Pedagogía de(l) vértigo

No sé con certeza si estoy curado. Al menos soy la sustancia que era antes con un grado de fidelidad cercano al setenta y cinco o setenta y siete con seis por ciento. No sé si esto bastará. Resulta curioso decir estas cosas con una temperatura corporal tan calurosa.

Me gustaría escribir sobre un tema divertido, trascendente y, además, hacerlo de forma brillante. En lugar de esto, apenas tengo en mente un par de asuntos demasiado particulares, sin importancia, y que voy a expresar con grisura. Otro día igual sale algo divertido escribiendo sobre la corriente pedagógica en la que los maestros dan clase mientras intercambian con su gente mensajes de guasap.

Para acabar el trimestre, el curso, y mi período en el centro penitenciario llamado escuela en el que trabajo, realizo con mis tres cursos respectivas unidades de patinaje y bicicleta. La logística que implican ciento cincuenta bicicletas y cien pares de patines es tan curiosa como laboriosa, pero lo más negativamente sorprendente, como siempre en mi caso, son las familias. Entre doscientas cincuenta posibilidades ha de haber desacuerdos y enfados, no preverlo sería de necios, pero no dejan de doler y desgastar. Seguramente en el momento del curso en el que más trabajo realizo, riesgos asumo, beneficios podemos conseguir, ..., he experimentado las peores situaciones del año: familias que se han negado a traer el material (teniéndolo), material en un estado deplorable que directamente afecta a la seguridad de los niños (y cuyo estado no depende apenas del dinero sino del interés; petición hecha con siete meses, y también dos semanas, de antelación), personas que se han quejado por variadas cuestiones y, especialmente, siempre hay una guinda que adorna el conjunto, con un padre que generó la siguiente anécdota:

El alumno trajo tres días consecutivos su bici rota y me repetía que su padre le decía que la arreglara el maestro. Yo le respondía que no tenía ni el tiempo ni las herramientas, hasta que al tercer día ya consideré la necesidad de hablar con la familia. A mitad de la clase de este tercer día el alumno se cayó y en medio de los lloros expresó con un gran grito un "ha dicho mi padre que o me arreglas de la bici o te va a denunciar". Al mediodía hablé con la familia, la madre dijo algo similar a "ya lo sabía yo, siempre estoy en medio de todo", me confirmó que el niño había escuchado esas palabras y me pidió una cita para tratar el asunto. Con el padre en cuestión no había intercambiado nunca ningún comentario, no nos conocíamos absolutamente nada. Tras saludarnos, con la madre como espectadora, indicó ideas como que a la gente como yo había que pararle los pies cuanto antes, con denuncias y medidas de choque similares, que era un incompetente, que no estaba capacitado para hacer mi trabajo y que así lo denunciaría al equipo directivo y en el juzgado, que para perder el tiempo él en arreglar la bici de su hijo, que lo perdiera yo porque su tiempo era más valioso que el mío. Al cabo de veinte minutos se fue muy enfadado con su mujer tras él llorando. En ese tiempo apenas desvié y respondí mínimamente las acusaciones tan tremendas que me lanzó.

Una de las preocupaciones de la familia, en un niño de NUEVE años, se refería a qué pasaría con la nota si el alumno si no traía el material. Esta preocupación exclusivamente centrada en la calificación, que obvia absolutamente el proceso, el aprendizaje, las necesidades de mejorar, la encontramos con frecuencia alucinante en este centro. No sé si es cuestión de esta escuela, de escuelas de este tamaño, que implica en las familias una variedad de pensamientos y acciones tremendas, o es una tendencia general entre las familias en el conjunto de las escuelas. En cualquier caso, es terrible en niños tan pequeños (hay casos similares en primer ciclo e incluso infantil!), el pensamiento exclusivamente centrado en el indicador final, sin importar nada a qué apunte ese número. Cada vez escucho más, yo mismo lo he practicado, la situación en la que, llegados a un punto de desacuerdo determinado, el maestro pide a los padres que le indiquen qué nota quieren para sus hijos, que será puesta tal cual. No me imagino yendo al médico en veinte minutos y cuestionando el antibiótico que me va a recomendar. Aunque hay una distancia infinita entre ambos oficios, claro está. Hace unos artículos me refería a un precioso proyecto de un profesor de biología en bachillerato que en la valoración final criticaba amargamente la concepción alarmantemente utilitarista (al margen del su valor intrínseco, solo centrada en la selectividad) de tal etapa educativa. Si este profesor echara un vistazo a este tipo de problemas surgidos ya en primaria... supongo que quedaría muy sorprendido... y resignado.

Por otra parte, hacer en casa un juicio de valor tan duro sobre un maestro delante de los hijos, aunque fuera cierto, es una desgracia añadida, pues el niño no tiene las herramientas mentales para gestionar esa información y cuando al día siguiente esté delante de su maestro se va a sentir en una posición muy difícil de manejar. Además, ese maestro incompetente va a ser la persona de la que dependa el niño en mil situaciones durante el curso (curriculares, sociales, afectivas...), por lo que la consideración por parte del niño de que su maestro es un inútil al que se puede humillar y gritar no ayudará demasiado en tales situaciones donde la confianza y el respeto tienen cierto valor.

Como he escrito al principio, un simple asunto particular de los que me dejan maltrecho, con mil dudas, anímicamente mareado. A ver si consigo ahora poner verde al médico e increparle por su diagnóstico y tratamiento.


Buen día para todos.

miércoles, 16 de abril de 2014

TSUNAMIS Y OTRAS CATÁSTROFES.


Muchas semanas después de la última entrada, vuelvo a teclear por estos lugares virtuales y extraños, o extraños por virtuales.

En este tiempo ha ocurrido una buena cantidad de cosas muy especiales. Asuntos que pasan una o dos veces en la vida se han concentrado en un período muy corto y han provocado un efecto similar al de un tsunami que sucediera en el cerebro, en las emociones y en las pocas certezas con las que me mantenía vivo. Todo está tirado ahora. Las actividades que me han mantenido activo en los últimos años: ejercicio, leer, escribir, subir montañas... son justamente las que no deseo realizar, por lo que el desconcierto es mayor.

Una de las lecciones más interesantes tiene que ver con el poder de las emociones. Unos entes de naturaleza indescifrable, especialmente si no eres neuroquímico, que son capaces de hacerte olvidar la necesidad de comer, de dormir, e incluso de mantener el trabajo. Respecto a este último, se han sucedido las anécdotas terribles propias de un lugar y de un tiempo donde reina la sinrazón educativa, donde lo último a considerar son los niños, pero no me ha importado especialmente. Incluso vivo una relación dura y difícilmente comprensible con un cargo directivo de mi centro, pero igualmente poco me ha afectado. Las emociones son capaces de establecer un velo mágico alrededor del cuerpo en el que chocan y se resbalan algunos problemas que en otro momento hubieran provocado honda amargura.

Colecciono otro destino más en mi colección de escuelas en las que he trabajado, pero esto será materia de otro escrito y de un buen puñado de sentimientos de complicada gestión.

Retomamos, al menos, la escritura.

lunes, 10 de marzo de 2014

HUMOR DE PERROS.

Supongo que esta expresión surgió hace mucho tiempo. Consultado el perro Tastavín, me expresa su enfado ante la injusticia de la frase, pues “hay perros con todo tipo de temperamentos, igual que las personas”, ha apostillado.

Llevo una década dando clase a centenares de niños. He pensado siempre que mi principal virtud se refiere a la buena relación que establezco con ellos, lo que permite alcanzar buenas dosis de complicidad, motivación y confianza que finalmente redundan muy beneficiosamente en las clases, en el aprendizaje real de los niños.

Conseguir esa buena relación no es cuestión de ningún truco, simplemente ocurre de forma natural y, de hecho, no concibo mi trabajo de otro modo. Es lo mejor del oficio con muchísima diferencia y si fuera de otra forma me plantearía buscar otra profesión. Un ingrediente fundamental para esta receta es el sentido del humor. Es un ingrediente tan bueno como el azafrán, pero en vez de potenciar el sabor, potencia las sonrisas. En el sentido del humor caben las exageraciones, las bromas, las ironías, los dobles sentidos, las imitaciones, las comparaciones disparatadas y dos mil recursos más. Permite mantener a los niños atentos más tiempo, estimula y engrasa su maquinaria cerebral y, lo más importante, nos hace sentir la escuela como un lugar agradable al que apetece volver al día siguiente.

Hace unos días escribí una nota a los niños. Se refería a un sistema de préstamo de material de educación física para jugar en el recreo y al terrible hecho de tener las zonas comunes muy sucias con frecuencia. Redacte la nota para entregarla a los tutores y que ellos me hicieran el favor de leerla a los seiscientos y pico niños implicados en ambas cuestiones. La redacté tal cual la hubiera explicado yo mismo de viva voz. Intercalando dos o tres bromas que tenían la humilde intención de captar la atención de los niños para que estuvieran muy atentos a la parte principal del mensaje. Una de estas bromas decía que si veían a un compañero que no devolvía el material a su lugar o tiraba basura al suelo, debían acercarse para explicarle el sistema (pensando que seguramente sería algún niño despistado de los cursos inferiores) y que, si no les hacía caso, entonces les podían dar “un buen puñetazo”. Seguramente me equivoqué al infravalorar la austeridad verbal hacia los niños de algunos compañeros. Al poco tiempo de entregar la nota fui llamado a prestar declaración ante mis responsables que me pidieron explicaciones indicándome que varios compañeros habían acudido alarmados ante mi escrito. Mi pregunta, al hilo del sentido del humor y dejando al margen otras cuestiones que merodean por el pensamiento, es cómo demonios puede un maestro ser tutor de un grupo de niños de seis, siete, ocho, nueve, diez u once años, pasar con ellos cientos de horas en un ambiente de pulcra seriedad sin un mínimo guiño de humor surgido de la convivencia y las miles de experiencias compartidas; cómo se puede leer mi nota y no entender que es una triste broma, que la deben leer enfatizando la exageración y aprovechar la reacción de los niños para que el mensaje tenga mayor impacto. Trabajo castrense, rendimiento objetivo (¿?) y pruebas de valoración, el resumen de un curso compartido.

Siempre he defendido que el trabajo riguroso y esforzado no está reñido con el buen ambiente. Lo contrario con frecuencia estrecha peligrosamente los límites entre la disciplina y el miedo, lo cual tiene poco de educativo. Por otra parte, cuando reprimes durante horas muchos de los impulsos naturales de los niños tan pequeños (reír, compartir, preguntar, …), puedes considerar que eres un genio en el manejo de grupos, pero sería estupendo poder echar un vistazo a los apuros del compañero que recoge entonces a los alumnos y que debe contener las emociones encorsetadas de veinticinco niños que llevaban dos horas respirando despacito para que el maestro no se enfadara.

miércoles, 26 de febrero de 2014

LOS NIÑOS SON NIÑOS. LOS DEMONIOS Y LA DESOBEDIENCIA CIVIL.

Afortunadamente, ellas siguen haciendo de la vida algo maravilloso.

Cuando releo lo escrito a lo largo de los años constato la reiteración pertinaz en torno a unos pocos temas: las mismas ideas del derecho y del revés con escasas variaciones atribuibles al envejecimiento de los dedos. Uno de esos tópicos, que ahora haré aún más tópico, se refiere a la gran relación que hago de forma natural con los niños frente a los problemas y trompicones que encuentro con muchos de los adultos que viven en las escuelas. 

Mientras discutíamos un tema desagradable una maestra ha indicado "al final los niños son niños", queriendo significar que formaba parte de su "naturaleza de niño" no cumplir con lo establecido, ser irresponsables, fallar a la confianza depositada en ellos, mentir, etc. Como ya estaba muy enfadado por otras razones, que contaré cuando escriba sobre ciencia ficción, he respondido a esta maestra de forma tajante "que eso era una patraña, que ser niño no tenía nada que ver con lo anterior, más bien al contrario, y que si había algún culpable en el asunto tenía claramente la mayoría de edad cumplida". Creo que es más correcto "al final los adultos son adultos". Me crispa hasta la médula la visión demonizada de los niños como seres en los que no se puede confiar, inmaduros, incoherentes, etc. Ningún año había disfrutado con la intensidad del curso actual de mis clases con ellos. Me brindan constantemente sesiones llenas de trabajo, seriedad, buen ambiente, complicidad, sonrisas, alegría, humor. Cada día con ellos estoy sintiendo el profundísimo privilegio de ser aprendiz de maestro. Incluso en el mayor momento de tristeza personal en los últimos cincuenta o cien años no dejo de sentirme feliz en cada clase. Sin embargo, en lo relativo a la organización del centro, a las relaciones que se establecen con los compañeros de trabajo, concluyo cada jornada deseando la llegada del apocalipsis y de todos los demonios del averno. Esta ambivalencia en los sentimientos constituye un hecho curioso que me sorprende a mí mismo y provoca un desasosiego constante.

Serán los años en los que me habré planteado con insistencia la relación entre el deber oficial y la obligación moral. Ambos conviven en la escuela en constante contradicción. Los imperativos legales nos indican la obligación de acatar determinadas órdenes, pero nuestra ética profesional, forjada con distintos profesores universitarios, maestros múltiples, reflexiones y visiones, lecturas... muchas veces apunta en dirección contraria. Y en este cruce de caminos es cuando uno ha de valorar las ganas de buscarse problemas y de luchar en áridas batallas. El problema se complica cuando los héroes personales tienen que ver en muchos casos con el valor para la desobediencia que permitió superar distintas barreras sociales. 

El problema aún presenta otra vertiente y es que legitimar la desobediencia de la autoridad en base a preceptos morales individuales justifica que otros puedan actuar bajo el mismo planteamiento y esto, imagino, conduce a una organización difícil de asimilar y gestionar en un centro de trabajo. Más aún cuando el colectivo es infinitamente dispar en formación e intereses. ¿En qué punto la desobediencia civil es legítima aún desde el punto de vista más personal? Supongo que es una pregunta sin respuesta, pues algunos establecerán el umbral muy abajo y otros beberán el veneno gustosamente, o perjudicarán a un niño, si eso dicta la ley, aún injusta o irracional. En cualquier caso, este embrollo apunta a la radical importancia de la formación de las personas que ostentan los puestos de mando.

Y con estas ideas rondando por la cabeza nos iremos a dormir. Buenas noches.