miércoles, 12 de octubre de 2011

NEPAL E INDIA (II)

Una vez llegó el momento de viajar a India, tuve que llegar hasta la capital de Orissa, Bhubaneswar, y desde allí un viaje en coche de más de siete horas me acercó hasta la zona de Panchabati, donde la ONG india SMSS realiza algunos de sus proyectos. El camino fue memorable: una vez dejamos atrás la capital, tan caótica como cabía esperar, se fueron sucediendo poblados o asentamientos constituidos por casetas de comercio y vivienda. En cualquier punto del camino había gente, aunque fueran las dos de la mañana, hubiera absoluta oscuridad y la población más cercana estuviera a varias horas andando. Aquí comenzó una sensación que me acompañó cada día: las personas estaban en cualquier parte en actitud de esperar, de estar. Mis ojos estaban acostumbrados a ver personas que se dirigen según objetivos concretos, y allí no captaba esa finalidad. Simplemente estaban. Sentados, paseando o tumbados en el suelo, de día o de noche, la vida iba pasando.


Cuando llegué a mi destino, di uno de los mejores abrazos que soy capaz, y comenzó otra experiencia asombrosa. Acompañé a las personas de SMSS y a las dos voluntarias españolas durante varios días en su trabajo diario: medición de los niños en los poblados, entrega del complemento alimenticio, trabajo en el centro de salud, reuniones con las mujeres que participan en el proyecto de microcréditos, etc. Los habitantes vivían en casas construidas de cañas, barro y boñiga de vaca formando pequeños poblados de unas cuantas decenas de personas. Hasta donde pude conocer, la vida era absolutamente precaria: el sistema sanitario, educativo, de alimentación, …, dependían de la ayuda que la ONG les proporcionaba. En este tema hay aspectos que no comprendí: por ejemplo, apenas cultivaban el terreno, que les proporcionaría al menos la economía de subsistencia citada al tratar sobre Nepal. Creo que este hecho está causado porque no son dueños de las tierras, por lo que no pueden trabajarlas. Por tanto, la alimentación se basaba en un porcentaje elevadísimo en el arroz. Una acción del proyecto de salud consistía en llevar gallinas a los poblados para que los huevos aportaran las proteínas difícilmente adquiribles de otro modo.

Un inciso: cuando buscaba información, muchas personas hablaban de la seducción y el magnetismo de la espiritualidad hallada en India. Una espiritualidad que trascendía la pobreza y que hacía sentir un influjo especial de energía. Ni abarqué todo el país ni mi opinión es apenas representativa, pero en ningún caso capté esta espiritualidad. Sí que vi personas tremendamente pobres viviendo en situaciones tremendamente terribles. Y una actitud de resignación absoluta ante esas condiciones que les han tocado. No sé si esa resignación podrá confundirse con espiritualidad en algunos casos. O quizá esa resignación surja de la propia religión. Cuando en las ciudades has de sortear personas tiradas en el suelo en medio de una montaña de basura donde las ratas se mueven con soltura, es difícil captar un universo espiritual. Creo que lo espiritual necesita unos requisitos previos que difícilmente se encontraban: poder comer lo esencial, tener salud, poseer un lugar decente donde vivir.


Los días que acompañé en el trabajo por los poblados fueron magníficos. Los lugareños eran amables (y la sonrisa, en educación especial o en un poblado indio, es un gran regalo), les gustaba fotografiarse y existía una pequeña comunicación que salvaba el idioma y tantas otras cosas (además, la encargada del centro de salud ejercía de traductora del idioma oriya al inglés) Casi todos los niños lloraban muchísimo cuando comenzaba el ritual del pesado y las medidas. En algunos casos acudían niños enfermos cuyas familias no hacían mucho caso de las indicaciones sobre la fiebre o la posible malaria. En otro caso, los niños de una casta eran controlados en un lugar del pueblo y los de otra casta en el otro extremo, a unos cincuenta metros. El alcoholismo suponía un problema grave y frecuente en estos lugares.

Para tratar de paliar el problema de la mortandad en el nacimiento, especialmente preocupante en el caso de las niñas, el gobierno incentiva a las mujeres para que acudan a dar a luz a centros oficiales. A este respecto conocí una de las experiencias más impactantes: el nacimiento de una niña que ningún familiar quiso coger al comprobar su sexo. Como se estaba poniendo azul por hipotermia, una de las voluntarias tuvo que cogerla, taparla y abrazarla.


Por añadir algún otro problema, en la zona existe actividad terrorista. Hace unos años hubo unas revueltas sangrientas entre comunidades de cristianos e hinduistas, y en la actualidad se producen algunos secuestros, robos, etc.

Cuando ya nos despedíamos del estado y casi del país, pude conocer un orfanato que SMSS mantiene en la capital. Acudimos allí para recoger tejidos que algunas mujeres cosen y después son vendidos en España para colaborar en la financiación de los proyectos. Apenas estuve unos minutos. Eran las cinco o las seis de la mañana y bastantes niños ya estaban en pie. Unos barrían el patio y otros simplemente se asomaban a las puertas para observar a esas personas de un mundo tan diferente al suyo. Yo observé a todos los que pude y volví a pensar en mis alumnos.


Para concluir, añadiré un dato que guardo en la memoria desde hace unos meses: un estudio demográfico concluía que los mil doscientos millones de habitantes indios actuales podrían ser tres mil millones en el año dos mil treinta. Observados los problemas en los elementos más indispensables para la vida, como el agua (cuya contaminación provoca miles de muertes cada año), o los alimentos, es difícil imaginar una situación con más del doble de habitantes.

Son inabarcables los recuerdos y reflexiones que quedan en la memoria. Espero haber construido un escrito, ante todo, riguroso y respetuoso. Este relato intentaba aportar grises a los blancos y negros de un artículo anterior. Ahora que lo concluyo creo que no hay tonos medios. Blancos y negros muy negros. 

martes, 11 de octubre de 2011

NEPAL E INDIA (I)


En el anterior artículo y a través de un comentario, Animal de Fondo sugería una descripción más matizada de la experiencia india. A continuación lo intentaré. Como ha quedado muy largo, lo dividiré en dos partes.

Las primeras palabras han de ser para la mujer con la que camino en este asunto de la vida. Ella es la persona con mayor sensibilidad y bondad que hay en esta parte externa de la galaxia y ella fue la que decidió que debía hacer más en la ayuda de personas que lo necesitaban. Así surgió su colaboración con Amigos de Orissa. A partir de este punto lo único que hice fue escuchar sus relatos, acudir a buscarla y conocer en primera persona su trabajo y el discurrir de la vida en unos remotos poblados en el corazón de Orissa. Ella es la indicada para haber escrito estas palabras.

Hay otro elemento digno de comentar a priori: muchas sensaciones recogidas tienen que ver con la diferencia cultural (castas, papel de la mujer, etc.). Hay opiniones que exigen un respeto escrupuloso de esas diferencias culturales. Yo no sé qué pensar. Parece necesario evitar juicios de valor superficiales que parten de la consideración de nuestro sistema cultural como el de referencia, pero, por otra parte, hay experiencias que hacen tambalear cualquier disquisición cultural. ¿Existen un código moral que pueda aplicarse a cualquier cultura y situación? Propongo el mío, que al menos me permite valorar las situaciones más radicalmente extremas: si el uso cultural genera sufrimiento evitable (retomo el do they suffer? del otro día), no lo comprendo y no me gusta; no importa si hablamos de nuestros abuelos abandonados en geriátricos o de las mujeres indias abandonadas y desamparadas .


Antes de viajar, la labor de recoger información duró meses, y realmente fue muy contradictoria. La mayor parte de fuentes consideraban las rutas empleadas por el turismo de masas (en India: Delhi, Taj Mahal, Benarés, desierto de Rajasthan, etc.), por lo que no eran muy útiles. Además, resultaba muy chocante que los comentarios se dividían entre los que amaban perdidamente este país y los que lo detestaban y jamás se plantearían volver. No existía término medio.

Antes de entrar en India, estuve unas semanas en Nepal. Lo más asombroso, impactante a cada momento, fue la inimaginable capacidad de trabajo de las personas. Niños, adultos o ancianos podían ser observados en cualquier momento acarreando una pesadísima carga a sus espaldas. Ancianas con cuarenta kilos en su cesta trepando por un empedrado vertical fue una imagen habitual. También, aunque creo que esto es extensivo a Asia, existe un contraste radical entre las ciudades, donde reina el caos para los sentidos (ruido, olores, luces, …, siempre alcanzando la estridencia máxima), y las zonas rurales, en las que dominaba la sencillez: economías de subsistencia con sus cultivos y animales, familias unidas en torno a una vivienda, y mucho trabajo. Como ejemplo de la precariedad de medios, estos últimos acudían al médico cuando el asunto era realmente grave, y dependían de que alguien les bajara en larga caminata (horas) en una cesta de mimbre a la espalda. La alta cocina tampoco es conocida, ni se han dado cuenta aún de que comer es un placer y no una necesidad: arroz con lentejas y verduras es la comida diaria de cualquier nepalí.

El país depende en buena medida del turismo desde su popularización como ruta hippie y en la medida que su desmesurada orografía y naturaleza atraen amantes de las montañas, pero en los últimos años ha habido una caída muy importante de turistas, por lo que la parte de la población que depende del sector está especialmente apurada. A los ojos de un acomodado occidental, cualquier elemento (carreteras, estructura y funcionamiento urbano, higiene, alimentación, etc.) parecía mejorable, pero todos los turistas con los que cruzaba indicaban que, comparado con India, aquello era un paraíso de orden y tranquilidad.

Repaso el diario que escribí cada día y podría recordar mil pensamientos. Un día viajaba atenazado por el miedo sobre el techo de un autobús mientras los nepalíes estaban allí sentados relajadamente y el niño-cobrador (unos ocho o nueve años) entraba al interior o subía al techo con absoluta normalidad para regatear el precio del billete con el vehículo en marcha. Cada curva parecía la última, aquella en la que nos despeñaríamos unas buenas decenas de metros hasta acabar descoyuntados. Así íbamos cuando un camión venía de frente y un coche nos adelantaba. Salvado el choque, el coche derrapó y se cruzó delante del autobús; de él bajaron tres hombres jóvenes y bien vestidos. Se armó un revuelo tremendo, hicieron bajar al niño del techo, le amenazaron con pegarle y acabaron por obligarle a realizar diez flexiones en medio de la carretera. Al poco reanudamos la marcha.


El sistema de castas también es muy rígido, y conocí a algunas personas repudiadas por su familia por haber elegido esposas de castas inferiores. La religión (hinduismo y budismo, principalmente) también tiene una gran presencia en la vida diaria. Conocer el hinduismo es desconcertante, con sus miles de dioses y rituales. En esta materia, la diosa Kumari se lleva el premio “desconcierto al ateo occidental”: esta diosa viviente es elegida entre las niñas de una casta concreta (hijas de orfebres, si no recuerdo mal). Estas niñas tienen que tener unos rasgos concretos en la cara, un tamaño concreto de la frente, etc. Las que van pasando las pruebas acaban siendo encerradas en una sala llena de cabezas cortadas de búfalo y de hombres disfrazados de monstruos. Aquella que mantiene mejor la serenidad es nombrada diosa hasta que tenga lugar su primera menstruación. Esta niña deja a su familia y pasa a vivir en un palacio bajo la supervisión de un tutor. Determinados días y durante unos segundos se asoma a una de las ventanas del palacio para que los fieles que la esperan puedan verla. Tuve la suerte de poder contemplarla durante esos diez o quince segundos. Era una niña de ocho o nueve años, como cualquiera de las que hoy mismo he dado clase. Pero diosa.

Otras sensaciones son más personales y tienen que ver con el profundo sentimiento de grandiosidad al contemplar el pico de una montaña de ocho mil metros que aparece en un resquicio entre la nubes, o con el sentimiento de soledad cuando transcurren bastantes días sin ver ni oír a las personas queridas: “¿qué soy yo solo?” escribí en una nota el catorce de julio.

También me llamó la atención escuchar a nepalíes referirse a los indios de forma peyorativa en distintas ocasiones: como sucios o personas con poco respeto (siempre aludiendo a indios que realizaban turismo)

martes, 4 de octubre de 2011

SOBRE LAS ESCUELAS DE TREINTA EUROS AL MES.


Hace unos meses nombré algo sobre posibilidades de colaboración con la educación en zonas desfavorecidas. Trataré de contarles acerca de este asunto.

En primer lugar, me gustaría aclarar un punto importante. En el mundo de la ayuda a los desfavorecidos, a países pobres, etc, hay información y sentimientos muy difusos. Incluso conceptos de límites imprecisos como caridad o justicia. Hace unos días leí en un blog amigo que su opinión (la del escritor) sobre un tema polémico se basaba en la sencilla frase de Peter Singer “Do they suffer?” En resumen, que si hay sufrimiento y podemos evitarlo, hagámoslo. Dicho esto, hagan la transferencia con el tema sobre el que escribo y llegarán a mi visión del asunto: ¿puedo ayudar a que alguien sufra menos? En caso afirmativo lo hago y las demás cuestiones serán secundarias. Seguro que gobiernos u otras instituciones tienen en sus manos cambiar una situación global, pero si yo puedo colaborar en que una persona sufra menos durante un tiempo ¿por qué pensarlo?

Cuando traté el tema, algún comentarista se interesó e incluso quedó con dudas ante algunas cifras y datos. Entonces preferí no contestar hasta conocer mejor la respuesta.

 El lugar que dio pie al escrito es Orissa, un estado en el noreste de la india, en la costa de la bahía de Bengala y que se encuentra entre los más pobres de la India e incluso del planeta.

En este estado indio las cosas tienen poco que ver con el mundo que tenemos en la cabeza los que pasamos la vida por esta parte la Tierra. Por ejemplo, y de forma breve, el sistema de castas está muy vigente y da lugar a desigualdades tremendas, la mujer ocupa un escalón social a la altura del subsuelo, la dote matrimonial que ha de pagar la familia de la novia implica terribles daños para la familia, para la mujer y para cualquier niña hasta el punto de ser su nacimiento una gran desgracia, el sistema sanitario es limitadísimo e inaccesible para la gran mayoría, la malaria causa muchas muertes, la desnutrición entre los niños es muy frecuente, muchas personas no tienen trabajo ni la posibilidad de la agricultura, pues las tierras difícilmente les pertenecen y, por acabar, el sistema educativo oficial es inaccesible para los niños de una región rural y muy alejada de los grandes núcleos de población.

Ahora mismo pienso en la noche que ya está a mitad en ese lugar, imagino a las personas, los ruidos, los olores, las vidas y los mundos de unos y de otros…y no acabo de creer que vivamos en un mismo planeta. No acabo de entender que exista una vida tan distinta e injusta, una vida que ahora mismo está transcurriendo, que en este instante está siendo vivida por millones de personas.

Desenfocada y cosas peores, pero esta sonrisa era obligatoria en el blog

Tuve la oportunidad y fortuna de poder conocer en directo ese lugar y comprobar el trabajo que la ONG india SMSS realiza: creación de orfanatos para niños sin familia (niñas en un 99% de los casos), centros de acogida para mujeres abandonadas, programas contra la desnutrición infantil, creación de centros de salud para atención básica, programa de microcréditos para mujeres, o programas de educación no oficial para que los niños obtengan los saberes más elementales y quizá en el futuro puedan acceder a la educación estatal oficial (¿y quizá a una vida remotamente parecida a la nuestra?) El gobierno indio colabora en alguno de estos ámbitos, pero, en general, no se involucra en la mayor parte de ellos.

Así que vi los niños de los centros escolares que se mantienen con 30 euros al mes, conocí a algunos de sus maestros, vi los orfanatos con 50 niñas abandonadas por sus familias por ser niñas, vi a las mujeres que intentan ganarse la vida con una máquina de coser adquirida con un microcrédito, o conocí los poblados donde una semana medían en el programa contra la desnutrición infantil a una niña de 3 años y la semana siguiente no aparecía porque había muerto por culpa de la malaria y de la falta de cuidados básicos.

En España, en Zaragoza, la pequeña organización Amigos de Orissa colabora con la india SMSS en los programas que les he nombrado en lo relacionado con la financiación, impulso de proyectos o formación de personal.

jueves, 29 de septiembre de 2011

DUDAS COMPARTIDAS.

¿Hacia dónde?

Hoy apenas puedo compartir con ustedes un fragmento de una entrevista que leí hace unos días en una sala de espera. Las dos o tres preguntas del texto rondan por mi cabeza con patológica frecuencia, por lo que observé con gran interés las ideas del personaje entrevistado. Al acabar intenté arrancar las páginas para llevarlas conmigo, pero los compañeros de espera leían con un ojo el Hola y con el otro vigilaban mis movimientos, así que desistí. Cómo si robar estuviera hoy mal visto!. Afortunadamente en casa pude dar con el texto:

La política me interesa como ciudadano, no como artista. Nunca he creído que los gobiernos sean capaces de resolver los problemas reales o de poner fin al sufrimiento del mundo. Digamos que eliges a un demócrata o a un republicano o que los ciudadanos de Libia han derrotado a Gadafi y logran llevar una vida más libre y democrática. Todo eso es maravilloso, estoy a favor, pero aún tienes que resolver las grandes preguntas: «¿Por qué estamos aquí?». En cuanto has derrotado al dictador de turno, tienes un poco de dinero, no te mueres de hambre y vives en una democracia, te das cuenta de una cosa: «Voy a morir. Y mi familia y mis hijos, también. ¿Cuál es el sentido de todo esto?». Esas son las verdaderas preguntas, que a mí me aterrorizan mucho más que los gobiernos.

Que tengan buen fin de semana.

domingo, 25 de septiembre de 2011

OTRO SOBRE EL APOCALIPSIS, QUE YA LLEGA.

Cada dos semanas aproximadamente las cocineras hacían albóndigas en el comedor escolar. En esa época de la vida en que la desmesura se imponía podíamos comernos unas quince o veinte cada uno. Después, y sólo algunas veces, la cocinera nos daba unas pocas más para que cenáramos esa noche. Comida de lujo para estudiantes viviendo en alquiler. El resto de la comida, dependiendo de la finura en las previsiones, del apetito de ese día, …, iría, por ley, a la basura. Nunca lo comprendí y aún hoy, diez años después, sigo teniéndolo presente.

Hace dos noches estaba con el último o penúltimo pensamiento del día antes de dormir cuando observé que lo único necesario para que una gran barbaridad sea asumida es que la secunde mucha gente. A mayor número de seguidores, mayor despropósito puede ser asumido. El número barniza de normalidad. Hoy, basta con mirar alrededor y leer sobre economía, bancos y sus rescates, guerras, o los destrozos de los borrachos de cada fin de semana. No se puede hacer nada, es así, es lo normal, es la tradición, pueden ser algunas de las expresiones asociadas.

También hay situaciones en las que mirar resulta tan doloroso, que directamente la decisión consiste en no hacerlo y vivir ajenos al dolor. No soy padre, pero me gustaría serlo. Cuando pienso en el sufrimiento de despedir a tu hijo cada noche sin haberle dado la comida que necesita para vivir, débil, tengo que dejar de pensar rápidamente en ello porque entro en una cadena de pensamientos llenos de desasosiego. Es similar a pensar en la propia muerte. Estos días se ha comentado una noticia que pronto ha quedado tapada por la capa de ruido y estiércol de las bolsas y sus malditas cotizaciones. Se puede encontrar en mil formatos y ángulos. Mil quinientos millones de obesos y más de mil millones de hambrientos. Mil quinientos millones de personas que comen hasta sentirse enfermos, y más de mil millones de enfermos por hambre. Mil quinientos millones de barrigas hinchadas por kilos de comida que no necesitaban que significan otras tantas millones de barrigas rugiendo por la falta de alimentos. Cada kilo de grasa son unas siete mil calorías, así que observen los kilos de cada barriga y calculen las calorías que llevamos sobre nuestras conciencias.

Las dos primeras semanas de curso me quedé a comer en la escuela porque era un maestro sintecho. La fantasía inmobiliaria aún hace efecto en algunos lugares y encontrar viviendas razonables no es sencillo. En esas comidas, diez años después, los niños siguen diciendo eltomateelpescadolaslentejaslaensaladalacebollalaverdura… no me gustan, y siguen yendo a la basura kilos y kilos de comida a diario. Multipliquen esto por los colegio de toda la comunidad, de todo el país o de todos los países ricos como el nuestro. Súmenle lo que ocurre en restaurantes, casas particulares, …, y concluimos que el problema no son sólo nuestros gordos, sino también los miles y miles de alimentos de puro lujo que cada día tiramos a la basura.

Ayer asistí a una boda. Quizá uno de los mejores símbolos del despilfarro y la sinrazón. Cuando las Texturas de Ternasco con Tartaleta Hojaldrada de su Santa Madre comenzaros a volver a la cocina casi intactas, pues los comensales hacía rato que habían comido lo necesario para tres o cuatro días, le pedí a un camarero que me pusiera un poco en una bolsa para llevar. No sé si es posible, me dijo. Señor, son para mi amigo, el perro Tastavín, mejor eso que tirarlas. A los cinco minutos aclaró que no, que no estaba permitido y que esos kilos de grandilocuentes texturas y arquitecturas de ternasco estaban ya en la basura.

Estoy convencido que la irracionalidad de nuestra vida está llegando a su límite, pero ¿CÓMO SOMOS CAPACES DE ASUMIR ESTAS SITUACIONES SIN HACER NADA? MILLONES DE PERSONAS VIVEN CON SUFRIMIENTO CONSTANTE CADA SEGUNDO DE SUS VIDAS.

En unos días les contaré sobre las escuelas que se mantienen con treinta euros al mes (lo comprobé, Joselu)

sábado, 24 de septiembre de 2011

UNA NIÑA FELIZ. CON PERDÓN.

Qué envidia me dais!, ya sé que resulta raro que diga esto pero echo mucho de menos la escuela. Disfrutad mucho del curso que seguro que os lo pasáis genial. De una alumna que no conseguirá olvidarse de este colegio (y que está medio llorando al escribir esto)

Estas tres líneas representan el primer comentario del curso en el blog escolar Ansotanius. Y son tres líneas muy especiales, puesto que han sido escritas por un alumno que este año ha pasado al instituto. En una escuela pequeña donde los niños pasan once años de sus vidas, despedir a un alumno inteligente, trabajador, bueno y sensible constituye un acontecimiento lleno de emociones. Los niños comienzan con tres años, con sus primeros pasos en el mundo aún recientes, y se van con catorce, dispuestos a recorrer los caminos que aparecen frente a ellos. Once años compartidos constituyen un buen pedazo de vida.

He leído el comentario y he pensado durante un tiempo qué ha podido llevar este alumno a tal sentimiento ¿Qué ha ocurrido en once años para que ahora se emocione al hablar de su escuela? He escrito varias veces sobre el director que me sedujo cuando en las primeras palabras del curso indicó que el criterio a seguir en cada decisión debía ser el que supusiera mayor beneficio para los alumnos. Lo demás, secundario. Llevar esta convicción a la práctica es, en muchos casos, revolucionario. En todo caso, creo que significa el mejor modo en que puedo entregarme a mi trabajo. La escuela la componen muchas piezas, desde las administrativas y políticas, hasta las más pequeñas y sencillas: las decisiones de clase de cada día. ¿Cuántas de estas piezas tienen en constante consideración el máximo beneficio para el alumno? (automáticamente me imagino escribiendo objetivos y criterios de noséqué que la administración exige y que nunca serán aplicados en la realidad; serán guardados en el cajón de los papeles oficiales) Por otra parte, resulta evidente que trabajar en busca del máximo beneficio del alumno no genera siempre un sentimiento de agradecimiento y añoranza en el mismo; con frecuencia, al contrario.

La parte política y administrativa dificulta muchas veces el trabajo real con los niños, el importante y prioritario, pero me alegra pensar que cada maestro, yo mismo, conserva aún la capacidad para hacer de esos once años, o de parte de los mismos, un período importante en la vida de las personas que comienzan a vivir frente a nosotros.

Hoy quería escribirles sobre algunas cuestiones filosóficas que me golpean la cabeza cada día, pero ya no hay espacio. Y probablemente es mejor escribir sobre una niña que recuerda con cariño su escuela. Leyendo a Gregori Luri me ha dado miedo escribir “feliz en su escuela”, aunque feliz, trabajo, formación, no son términos opuestos, ¿no? Por otra parte, ¿quién me explica la realidad para la que hay que prepararse?

martes, 20 de septiembre de 2011

DE VUELTA. UNAS PALABRAS ANTES DE DORMIR PARA ESPERAR OTRO DÍA.

Lugar desconcertante, como tantos otros.

Ya. Una parte de mi ausencia tiene que ver con no saber qué escribir. Estoy casi seguro de estar viviendo el proceso de atrofia de mi cerebro, lo que me deja cada semana un pensamiento un poco más endeble y aletargado. Sin ir más lejos, la semana pasado fui timado por un muchacho del movimiento Hare Krishna, aunque no les daré detalles para no ahondar en mi vergüenza.

El comienzo de curso no ha sido especialmente brillante. Para empezar, quedé profundamente desorientado cuando el trabajo de los niños durante el verano ha sido cero o justamente el contrario al que sugerí. Sólo en un caso fueron consideradas mis recomendaciones. Así, algunos alumnos trajeron ejercicios mecánicos, repetitivos, descontextualizados, sin valor alguno, que eran justamente los que pretendía evitar cuando en junio mantuve una reunión con cada niño y su familia para despedir el curso y entregué distintas opciones de trabajo veraniegas (diario, listado de lecturas para elegir, correspondencia, colecciones,…) Este hecho me genera grandes dudas, y es que no sé si transmití bien a las familias la información sobre el valor de las actividades o es que estas creen en otro tipo de trabajo. Por otra parte, aunque quizá el daño sea más emocional que real, es el verano que menos cartas me han escrito mis alumnos. Apenas dos siguieron la sugerencia. Ni siquiera con la motivación añadida de responder una postal recibida desde un lugar bien lejano.

Por otra parte, el proyecto escolar del huerto también ha hecho aguas. Por distintas razones el mantenimiento veraniego al que se comprometieron varias familias no fue como se esperaba y, como gran guinda del pastel, sufrimos algunas incursiones de los adolescentes borrachos que confunden el disfrutar de la vida con joder al prójimo ignorando su esfuerzo e ilusión. Tomateras arrancadas, tomates estampados en la pared, mangueras robadas o rotas, cebollas rotas por el suelo, fueron algunas de sus obras. Me niego a creer que esto es lo normal. Me niego a creer en una diversión alcoholizada que no respeta ni el más elemental derecho del vecino, del amigo, del familiar o de la escuela de su pueblo. No creo que la solución esté en candados o muros más grandes. Creo que todo se reduce a educación y respeto, aunque creo también que esa lucha está medio perdida. Cada verano me entristece comprobar cómo las escuelas de los pueblos son utilizadas como lugar de vandalismo, y a su alrededor es fácil encontrar pintadas, litros de bebida desparramada por el suelo o aún en sus vasos de plástico, ventanas rotas, cientos de cristales rotos adornando el conjunto. Ahora llegan las fiestas locales con sus vaquillas y sus verbenas y, supongo, la escuela volverá a sufrir a los que no entendieron demasiado cuando pasaron por ella.

Me despediré contándoles que hace cuatro días corrí por un sendero maravilloso durante un largo rato. Al acabar fui al río y me tiré sin apenas quitarme las zapatillas. El día era deslumbrante y me quedé flotando con la mirada en el cielo y pensando que era difícil alcanzar mayor plenitud. Parecía que todo bajo el cielo funcionaba con belleza y armonía. Incluso en ese instante pensé que debía contar tal sensación en el blog. La pena es que hay situaciones contrarias de la misma intensidad. Y la contradicción es terrible.

Que tengan buen martes.