viernes, 6 de agosto de 2010

ESCRITURA DE VIAJE Y GASTRONOMÍA.

Señora anciana haciendo sus cosas con las legumbres


Ayer cenaba en Huesca, la ciudad que siempre siento con alegría y optimismo, observando el juego de unos niños en la plaza en que nos encontrábamos. Eran niños variopintos, chicos y chicas, gordos y flacos, pequeñajos y mayores. Jugaban como se suele jugar cuando se es niño y te lo permiten los mayores. Me acordaba de La Cittá dei bambini y pensaba en el poco hueco que vamos dejando a los niños en las calles para sus juegos. Los coches, tiendas, aparcamientos y terrazas de bares van ganando el espacio que pierden los pequeños, que incluso se encuentran con calles en las que una trágica y terrible señal les indica que allí está prohibido jugar. Así, cada día es más difícil verles jugar en las calles y plazas, haciendo gala de la creatividad y espontaneidad que aún no les han robado la televisión, las videoconsolas y los disneischaneles; aprovechando bancos, farolas, fachadas, pivotes, …, para imaginar porterías, escondites, principios y finales para mil carreras.


Todo esto andaba pensando mientras cenaba y sonreía viendo a los seis o siete muchachos oscenses hasta que la pelota con la que jugaban se les escapó hacia el lugar en el que estábamos. A nuestro lado cenaba una pareja cuyo integrante masculino aprovechó la circunstancia para señalar al niño que venía a recoger la pelota: “como vuelva a venir la pelota por aquí te la rajo, gordo”. Dicho ello con voz amenazante y altiva. Bien saben mis compañeros de mesa que me sentí tan mal como una persona que es muy feliz con los niños puede sentirse, y que no respondí a semejante energúmeno por no crear una situación incómoda y porque de nada hubiese servido. Aunque, de cualquier modo, lo hubiera hecho con agrado, pues imaginé el daño que puede hacer a un niño unas palabras de ese estilo proferidas por una persona gris y desgraciada.


Una sociedad que cada día respeta menos a los niños, a los ancianos, y a la naturaleza entera es una sociedad enferma, decadente, atontada y aletargada, estúpida, desmemoriada e irresponsable.

martes, 3 de agosto de 2010

CUATRO PALABRAS A PARTIR DE LA VISITA DE UN GORRIÓN.

Ahí le tienen: un buen motivo para estar contento


La imagen que hoy acompaña al texto no es demasiado espectacular. Las de otros días probablemente tampoco, pero esta lo es menos. No presenta una composición adecuada, apenas se consideró la luz al tomar la fotografía, y casi no se ve el motivo principal, que está justo en el centro de la imagen, sobre la roca. Si les digo que es un gurrión quizá no les entre un ataque de alegría irrefrenable, y si añado que es un maravilloso gorrión alpino seguramente no correrán por el pasillo dando gritos en busca de su pareja para levantarla por los aires y darle el mejor beso de sus vidas a causa de la alegría. Les entiendo. El caso es que a mí este gorrión me alegró el fin de semana. Existe una curiosa costumbre entre los amantes de la vida de estar felices un buen rato cuando observan una nueva especie (bimbo, dicen los pajareros), e incluso una subespecie (vean que los senderos del placer son ciertamente recónditos e intrincados), y esta era la primera ocasión en la que observaba a esta preciosidad alada. Ya ven qué extraño es todo: la felicidad en un pequeño pajarico. Para redondear la extraña satisfacción también disfrutamos de acentores alpinos, decenas de gritonas marmotas, verderones serranos, orquídeas y edelweiss, sarrios, tritones pirenaicos en faena reproductora, dos noches con sendos cielos que señalaban nuestra ridícula dimensión, una buena compañía, y algunos otros placeres. El trípode también se animó a venir para iniciarnos en el difícil asunto de la fotografía de nuestro universo, pero, tan cansados como estúpidos, dormíamos cuando las estrellas más brillaban.


Ayer antes de dormir dije que sentía tristeza y miedo ante la inminente llegada del uno de septiembre. No sé si cuando lleguen los niños a clase sabré ser maestro. No sé si sabré qué contarles. No sé si nos miraremos y nos entenderemos. Abracen y besen a sus parejas aunque no hayan visto nunca un gorrión alpino.

martes, 27 de julio de 2010

FAMILIA EN BICI.


No tenía un cuadro de carbono, ni las ruedas eran extremadamente ligeras. Tampoco contaba con tornillos de titanio. La cadena llevaba un tiempo sin cambiarse ni engrasarse. El hematocrito del ciclista con seguridad estaba dentro de los límites legales. La familia se dirigía, simplemente, hacia sus ocupaciones diarias.

viernes, 23 de julio de 2010

ANÉCDOTAS, PRINCIPIOS Y FINALES.

Niña guapa y sonriente



Hace varias semanas que pienso a diario en el primer día de clase. Ese momento supondrá el principio del curso, pero también una especie de final o punto y aparte en un recorrido de varios años jalonado de emociones y desvelos. ¿Qué diré a los niños? ¿qué esperarán ellos de mí y de la escuela? Estoy seguro que será un curso magnífico y ya espero el momento de poner en marcha distintas ideas y lo aprendido de mis compañeros luminosos en los dos años precedentes.



En el viaje a un planeta lleno de diferencias y elementos sorprendentes, los niños han sido los que han capturado mi atención buena parte del tiempo. Son una ventana diáfana para conocer a un pueblo, quizá la mejor forma para hacerlo: sus costumbres, sus escuelas, sus juegos, sus miradas y sonrisas, etc. También dan lugar a anécdotas muy ilustrativas, como la de dos niñas de seis o siete años, descalzas, no demasiado limpias, sonrientes, que paseaban por un muy visitado templo, y que se quedaron mirando a un veinteañero inglés que apareció con sus pantalones a la moda (cintura del pantalón a la altura de las rodillas y entrepierna a la altura de los tobillos); tras un instante comenzaron a señalarlo y a reír a carcajadas. Interpreté esas risotadas y esa situación como la evidencia de que cuando vivimos en la opulencia occidental, cuando tenemos cubiertas todas las necesidades básicas y también todos nuestros caprichos, comenzamos a hacer estupideces. Lógicamente, aquellos que viven con cincuenta dólares al mes no tienen otra opción que reírse de nuestras excentricidades. También recuerdo al estudiante universitario que quedó con nosotros para llevarnos a ver pájaros a las seis de la mañana tras haber estudiado todo el día anterior y haber estado trabajando durante toda la noche para costear los estudios y mantener a su maltrecha familia. En las entradas sucesivas, aprovechando que esos niños viven al margen de las leyes de protección de la imagen del menor y que posaron con mucho gusto y aprobación familiar, añadiré algunos de sus retratos. Me pregunto cómo sería una exposición fotográfica sobre la infancia y la juventud española, y creo que no tendría ni la décima parte de matices, que habrían sido eliminados por la uniformidad y homogeneidad de nuestro progreso y crecimiento.

viernes, 2 de julio de 2010

GRACIAS, COMPAÑEROS.

Instantes creadores de armonía


Zaragoza amanece en frenética actividad humana. Dos personajes extraños y confundidos con la vida y la conciencia de la existencia contemplan perplejos los cortahierbas en pleno paraje natural protegido y los martillos perforadores agujereando el suelo recién hormigonado en busca de quién sabe qué objetos o respuestas. Quizá tanto movimiento sólo responda a eso, a una búsqueda inconsciente de respuestas.


El curso ya ha finalizado, y con él una experiencia increíble. Los mejores compañeros de trabajo que tendré nunca me despidieron de una forma que estoy seguro no merezco. Buena parte de lo que soy ya les pertenece, puesto que ellos me lo han regalado con ejemplos constantes de trabajo, inteligencia y sensibilidad.


Ahora me despido durante unos días, pues voy a seguir maravillándome con este planeta tan extraño en el que aparentemente vivimos.


Que tengan un feliz comienzo de verano.

domingo, 27 de junio de 2010

DESEOS Y EMOCIONES.

Cabrica pétrea sobre el precipicio


A tres días para concluir este curso, las emociones se amontonan. En los últimos meses varias personas me preguntan ante distintas situaciones especiales si no me emociono. Siempre les respondo que en esta escuela es casi obligatorio controlar mínimamente los sentimientos, pues los momentos en los que un nudo se instala en algún punto del sistema digestivo son constantes. En concreto, durante los últimos días lectivos muchos grupos, niños de forma individual, o compañeros se han acercado para entregarme algún regalo o alguna palabra de despedida. Por ejemplo, recuerdo la última clase con el grupo de chicos más mayores del colegio, siete variados y muy majos jóvenes, donde, tras repasar algunas fotos que mostraban fragmentos felices del curso, una chica pidió la palabra y dijo a los compañeros que les daba a todos las gracias por la ayuda que le habían prestado durante este curso y lo bien que se había sentido con ellos. Los compañeros la escucharon atentos y guardaron un tiempo de silencio.


En cuanto a las palabras escritas, algunas clases me han entregado cartas y álbumes con fotos en los que reflejan de distintas maneras el camino que hemos compartido este tiempo. Acabar una etapa tan difícil, decisiva, e impactante de mi profesión recogiendo el cariño de tantos niños y muchos adultos ejemplares es algo muy sorprendente. Como he repetido tantas veces en los últimos días, he hecho un trabajo que no se puede valorar como suficiente de ninguna manera, pues mis carencias y limitaciones han sido enormes, y lo único que he hecho bien ha sido acabar cada día de estos dos cursos exhausto, sin muchas más fuerzas por entregar. Estoy convencido de que he recibido de los niños, los compañeros y las familias mucho más de lo que yo he podido darles.


Ayer, sábado, llegué a las calles de Ansó con una sensación terriblemente confusa y contradictoria. La sensación de volver a un lugar cinco años después. Cinco años después volver al lugar en el que empecé a ser. Por una parte, fue un reencuentro luminoso donde conocí a unos cuantos niños con los que compartiré muchas horas, bromas y descubrimientos. Y, por otra, la extrañeza y el vértigo por cada paso que doy y que no sé exactamente dónde me lleva.


Cómo contarles el escalofrío sentido al llegar ayer, asomarme tras la curva y ver esta escuela bajo la sombra de la montaña; caminar hasta la escuela, rodearla, acariciar sus paredes, asomarme por una de sus ventanas a la clase en la que tantas cosas ocurrirán y donde ya tantas sucedieron, e imaginar. Imaginar fotos, carreras, proyectos, deseos.

miércoles, 16 de junio de 2010

NUEVOS INTENTOS DESESPERADOS PARA SALTAR DE UN BARCO CUYO RUMBO SIGO SIN COMPRENDER.

Un lugar para una madre hace diez mil novecientos cincuenta días


Es miércoles y, al margen de un buen puñado de papeles, quedan dos días para cerrar un círculo y comenzar a dibujar otro. Siete horas compartidas con los niños y nos despediremos. En tres meses retomaré la fascinante labor de ser tutor de niños de nueve y diez años, una edad maravillosa para estar a su lado.


Ayer leí un texto de Joselu que me encantó, así que lo comparto con ustedes. Joselu es probablemente mi mejor descubrimiento en la red. Es un lugar donde leer ideas densas, pausadas. Donde aprender títulos de muchos libros de lectura necesaria y donde se aprecia el trabajo de un profesor que intenta aportar a sus alumnos un punto de luz en medio de la oscuridad social a través del pensamiento. Allí he conocido a Fernando Pessoa, los Cronopios de Cortázar, referentes en la novela negra o de ficción, la atracción irresistible de la cultura africana, entre otros muchos regalos. También he conocido acciones muy especiales de una escuela que pretende algo más que pasar páginas de un libro de texto, como la de esos alumnos capaces de cortar el tráfico en hora punta mientras recitaban poesía. En sus palabras reconozco mis miedos y mis pesares, pues creo que compartimos una actitud vital de una manera singularmente cercana. Finalmente me ha acercado a otras palabras brillantes e imágenes relucientes, como las de Frikosal y Jordi Busqué. Allí he sabido de los amish que se alejan de la sociedad perdiéndose en la selva, de Carles Santasusagna y su aventura amazónica, de los magníficos cielos de la Isla de Pascua, o de las humildes criaturas que habitan las cercanías de la Ciudaddormitorio.


Me cuentan que hacer despegar un helicóptero puede costar varios miles de euros. Estos días vuelan sobre nuestras cabezas, a unos pocos metros del suelo, decenas de ellos en frenético ir y venir militar. Dicen que son maniobras. Hace dos días transité por su privilegiado terreno vallado de cientos de hectáreas considerando el valor de la quietud y el silencio sentido en ese lugar de la estepa cuando unos tipos aparecieron súbitamente saltando entre las matas de romero y esparto. Corrían, se escondían y disparaban. También hacían maniobras. En esta crisis de cachondeo, donde sólo se trata de mantener un sistema de producción basado en conceptos clave como destrucción y egoísmo, quizá podrían hacer esas maniobras menos amplias, más íntimas y humildes. Quizá podrían dejar de jugar a las guerras y de paso evitarían un ridículo espantoso en medio del monte. La especie superior, pensaban los alacranes mirándoles incrédulos y atónitos desde las piedras.


Hace muchos meses que no escribo sobre bajarme del barco; hoy les puedo decir que cada instante siento mayor rabia e impotencia ante el mundo en el que vivo. Hoy creo que quizá un pequeño pueblo pirenaico aún no arrasado no sea suficiente. Quizá el destino esté en otro país o en otro continente, donde poder vivir con miseria pero manteniendo la dignidad.