martes, 9 de diciembre de 2008

ESTAR AQUÍ O ALLÍ.

Dos hermosos cúmulos sobre pueblo misterioso de España. Si con ésto no te ataca la nostalgia...

Después de tres años tengo bien claro que la pertenencia del maestro al lugar donde trabaja es fundamental, o, si se prefiere, valiosísima. Llegar a clase sintiéndote del mismo lugar que los niños, conocer las tradiciones en las que los alumnos participan, ser consciente de las preocupaciones y dificultades de los habitantes del pueblo, poder compartir una tarde de juego, conversar por la mañana de camino a la escuela con los niños y sus familias,… y otros mil argumentos apuntan hacia las favorables opciones que se generan. La ampliación de las posibilidades pedagógicas (el simple hecho de conocer un camino para hacer una excursión, o poder incidir en la flora y fauna local, por ejemplo), o el aumento de la confianza y la complicidad con el maestro, justifican sobradamente, creo, el valor añadido de esta vida del maestro integrada en el lugar de su escuela.

Esta vida es hoy cada vez más complicada: las escuelas rurales sufren la despoblación de los pueblos, el aumento del número de maestros por centro (tutores, especialistas, …) dificulta el alojamiento en poblaciones pequeñas (las casas del maestro son lujos ya casi desaparecidos), el sistema de traslados supone un continuo movimiento de maestros que difícilmente echan raíces en los pueblos más alejados de las ciudades, y el estilo de vida, que frecuentemente significa en algunos maestros buscar un alojamiento en núcleos grandes distanciados de su lugar de trabajo para encontrar una vida más…¿sofisticada?.

En todo caso, los perjudicados son los niños, que crecen sin disfrutar de un proyecto pedagógico de medio o largo plazo, y con maestros muy alejados de sus vidas.

Esta reflexión ha surgido tras un encuentro con un maestro que me ha señalado lo terrible que resulta vivir en un lugar donde los niños te conocen y frecuentemente te cruzas por la calle con alumnos y sus familias. De cualquier modo, todo es escribir por escribir, ya que en mi ciudad impersonal no caben este tipo de disquisiciones.

Se ha atascado en mi cabeza una imagen: es invierno, hace frío y anochece, el suelo empedrado de la calle está húmedo y refleja la luz tenue y amarillenta de las farolas; un maestro trabaja silenciosamente en su habitación y, al oír unos gritos y el ruido de carreras atropelladas, mira por la ventana y observa los últimos niños que corren hacia sus casas.

domingo, 7 de diciembre de 2008

SOBRE LA MALDITA Y MARAVILLOSA BROMA QUE ES LA VIDA.

Un lugar de serenidad, regalo de Pablo.

Lo he escrito ya muchas veces, cada minuto aumenta mi obsesión por otra vida que sólo veo representada en el mundo rural, en un lugar alejado y ajeno de la vida actual, un sitio donde, como dice Joselu de los africanos, ser feliz por ser y no por tener. Cada película, cada libro, cada lectura, cada situación, aún la más insignificante, la acabo interpretando bajo este pensamiento y siempre llego a las mismas conclusiones: el sentido de mi vida se diluye, se pierde por completo, si soy miembro de una forma de vivir tan injusta e irracional. Vivo rodeado de imágenes que me entristecen, que me desorientan; necesito únicamente un lugar que me permita pensar, leer, mirar, o caminar con serenidad, que me devuelva un reflejo transparente y tranquilo de la vida.

Y es lo mismo cruzar la calle sin ver atisbo alguno de montañas; o volver a disfrutar de Ser y Tener y recordar que ya fui en alguna medida un maestro que pasa tardes deslizándose en trineo con los niños, que trabaja en el silencio y soledad de la noche, y que siente la fortuna de compartir cada día con sus variados y felices niños rurales; o encontrar el pequeño video sobre la historia de las cosas; o sorprenderse viendo Baraka, la recomendación del amigo islandés, con sus imágenes bellas, los preciosos contrastes y texturas del mundo, y también los hipnotizados, impuestos y acelerados ritmos urbanos e industriales que tan evidente sensación de plaga sugieren; o leer las palabras del Dalai Lama, o las del cardiólogo Valentín Fuster, o las del psiquiatra Luis Rojas, o prácticamente las de cualquier libro que pasa por mis manos; o, sencillamente, mirar por la ventana y observar la infinita sucesión de carreteras, coches, fábricas, edificios enormes. Da igual, es todo lo mismo, llego sin remedio al mismo punto. Por alguna parte, en el alma, en las tripas, en el espíritu, o donde sea, siento la necesidad de que llegado el momento de dejar de existir los recuerdos que se amontonen atropellada y confusamente en la memoria tengan una consistencia y unas propiedades muy especiales.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

EL MEDIO POLLICO.

Matarraña a la vista, con Jaime y Dália, claro.

La realidad es difusa, ambigua, subjetiva, sorprendente. Un simple espejo puede demostrarlo. Es absolutamente extraño que estemos acostumbrados a ella.

Hace ya unos cuantos años nació mi abuelo en Villarroya de los Pinares, Teruel. Con él y con mi abuela pasé muchos días de mi infancia en su casa situada en el campo, en las afueras de una ciudad aún habitable: el paraíso para perseguir lagartijas, buscar renacuajos, coger los huevos de las gallinas recién puestos, comer higos subido en el árbol, observar el sigilo de los gatos cazando ratones, descubrir los nidos de los abejarucos, o jugar con el maravilloso barro; la lista es interminable (qué lástima de placeres olvidados hoy por los niños…). La ciudad que todavía no había perdido el juicio por el crecimiento irracional y aberrante. Una de mis actividades preferidas consistía en escuchar los cuentos que él sabía. Cuentos que alimentaban cálidamente no sé qué parte de las entrañas y que tejían en mi memoria imágenes, pensamientos, e ilusiones llenas de una fantasía sugerida por la cadenciosa voz que entregaba un regalo inolvidable a su nieto. Cuentos repetidos una y un millón de veces, cuentos conocidos letra por letra, pero que conseguían sorprender, mantener en vilo, o hacer sonreír cada vez que eran contados.

Pasados los años, me ilusionaba la idea de grabar la voz de mi abuelo recitando estas historias. No recuerdo si por culpa del olvido o por qué razón, tuve dificultades para conseguirlo, pero afortunadamente Víctor Juan se me había adelantado recogiendo algunos de estos cuentos en 1985 (veintitrés años…, ay), por lo que pude recibirlos en papel unos cuantos años después, en 1998.

El primero se titula El Medio Pollico, y supongo será un cuento popular de amplia difusión puesto que también es conocido en lugares como el Matarraña (El Mig Pollet). De un cuento con profundas raíces rurales hasta las teclas de un tonto que sueña con poder echarlas. Estas son algunas de las palabras que sonaron en esa infancia:

“Esto era medio pollico que iba a confesarse a Roma. Se encuentra con un aguilica y le dijo:

- Medio Pollico, que…¿Adónde vas?.

- A confesarme a Roma.

- Yo voy contigo.

- No, no que te cansarás.

- No me cansaré, no.

- ¡Hala pues!, ven, ven.

Y al poquico rato…

- Medio Pollico, que yo me canso.

- Pues hazte un agujero en el mellizo y métete dentro.

Siguen andando y andando y se encuentran con un gatico (...)”.

Pronto seran contados en la escuela.

(Si alguien tiene interés en conocerlos íntegramente, hágase saber).

lunes, 1 de diciembre de 2008

DE PERTENECER A UN LUGAR.

Cabrita feliz y libre del Matarraña.

El sábado visité Peñarroya de Tastavins, mi anterior destino como maestro. Fue una tarde maravillosa. En las calles del pueblo se mezclaron los encuentros donde los niños mostraban sensaciones de indiferencia, de vergüenza, o de cálida bienvenida. La hospitalidad y amabilidad de algunas personas me hicieron sentir vivamente parte de ese lugar; a menudo, cuando recorro lugares que han pasado por mi vida, me siento como un extraño, como un turista estúpido que pasea por donde ya no le corresponde y que, desde la calle, mira atontado a través de las ventanas de una casa en la que un día vivió. Odio esa sensación, y por eso siempre me debato entre las ganas eternas de volver y la vergüenza de ya no pertenecer al lugar. Y el eterno alimento de la nostalgia: recorrer un espacio que encierra anécdotas, aventuras, sentimientos y emociones en cada uno de los milímetros que lo componen: una excursión con los niños, un recorrido con la bici, la emoción de un amanecer, una charla con un compañero, la soledad y el silencio de las tardes de invierno, las lecturas que me acompañaron,...

Me encantó leer en la entrada de Profesor en la Secundaria sobre África la cita del eminente economista Manfred Max Neef: "A partir de cierto umbral, el crecimiento económico genera un deterioro de la calidad de vida". La pena es que haya que ser eminente para darse cuenta. O, mejor dicho, que justamente las personas que deberían considerarlo miren para otro lado. Sensacional la entrada, y magnífica la entrevista enlazada en la cita. Por cierto, me pregunto continuamente qué pensará cualquier persona de los maltratados países pobres cuando oiga que en Occidente estamos en crisis. Qué injusticia, qué indecencia, y qué poco hacemos para no ser cómplices de semejante barbaridad.

El Azor Tundra ha recibido un premio del Ayuntamiento de Zaragoza por un trabajo realizado sobre el Galacho de Juslibol. Espero no me recrimine por la exclusiva. Le felicitamos con admiración por su dedicación y sensibilidad hacia los valores sencillos y auténticos que representa el mundo natural, en un momento en el que precisamente tantas influencias llevan nuestras vidas hacia necesidades banales artificialmente creadas.

(La entrada de “especial cariño” para otro día).

viernes, 28 de noviembre de 2008

SOBRE EL ALCANCE TEMPORAL DE MI INCOMPETENCIA.

Peñarroya y sus revistas llenas de Palabras.

Los centros de educación especial suelen tener algún centro de educación ordinaria de referencia en el que realizar distintas actividades conjuntas. Incluso, como en el caso de la escuela en la que trabajo, directamente son instalaciones contiguas para facilitar tales actividades. Así, hay alumnos en situación de educación combinada, que realizan asignaturas en ambos centros, niños que realizan actividades extraescolares en la escuela ordinaria, recreos compartidos en ambos lugares, o clases que colaboran en diferentes actividades de integración, por un lado, y sensibilización, por otro. O que, simple y llanamente, juegan juntas.

Ayer precisamente pasaba una clase del otro centro para compartir el tiempo de recreo. Era primera vez que pasaban: niños de infantil, una cantidad ingente de ellos hasta el punto de parecer una especie de invasión de alienígenas bajitos y silenciosos, expectantes y curiosos. Cuando los vi, me planté delante de su fila, les cerré la puerta del pasillo que debían atravesar y les indiqué fingiendo enfado que por allí estaba prohibido pasar. Rápidamente mostraron una cara a medio camino entre la sorpresa y el susto, mientras sus cincuenta o cien ojos miraban alternativamente a su profesora y a mí. Hecha la broma, les pregunté si querían ver la sala de Educación Física que teníamos y me respondieron que sí, lógicamente. Al entrar, se sorprendieron de nuevo ante algunos materiales y, aquí el motivo de esta entrada y de la cavilación, cuando les dije que jugaran un rato si les apetecía, comenzaron a correr como posesos, a saltar sobre las colchonetas, o a moverse compulsivamente dentro de la piscina de bolas. Todo en medio de un griterío fantástico y de un desbarajuste general. En el momento preciso, la maestra les indicó que hicieran una fila para marchar, la formaron y desaparecieron en busca de otro espacio que colonizar.

Y allí me quedé pensando, en medio de la sala vacía, con el aullido lastimero de un par de pelotas que habían sido retorcidas hasta la luxación, tras semejante espectáculo de movimiento y sonido. Después de tres meses en este colegio, la educación física no es la asignatura en la que de distintas maneras los niños plasman ese movimiento por el que aún siente tantísimo placer y que surge de un modo espontáneo, sino que muchos niños, por distintas razones (escasas experiencias previas, nivel motriz precario, relaciones con los compañeros poco funcionales,…), no manifiestan un impulso natural hacia el juego y el movimiento, lo que condiciona, dificulta, y cambia absolutamente el sentido de las clases y del trabajo del maestro de EF.

También, tras tres meses de fallos, errores, e inquietudes, uno ya acaba perdiendo la conciencia de lo que sabe hacer y, especialmente, de lo que sabía hacer. Se cuestiona si realmente en el pasado hizo en realidad algo provechoso o la incompetencia presente es trasladable a los cursos precedentes. Los recuerdos son muy puñeteros y la ciencia evidencia que están absolutamente modelados por la mente, quién sabe. La cuestión es que observar a esos niños en tal punto de ebullición me recordó con viveza que los años pasados trabajaba en algo distinto, y me tranquilizó pensar que quizá algún día sí pude hacer, quizá, algo con sentido.

En pocas horas saludaré a los niños con los que he compartido los últimos dos años de vida. Los niños de Peñarroya que me hacen feliz aún con sus cartas. Y el lunes escribiré una entrada muy especial que será realizada con todo el cariño que sea capaz de reunir.

(Pablo, escribe, buen hombre; Jaime, cuando quieras).

miércoles, 26 de noviembre de 2008

UN PAR DE PAISAJES.

Tierras castellanas al amanecer y el precioso Galacho de Juslibol. De nuevo imágenes por palabras.

lunes, 24 de noviembre de 2008

¿HAN VISTO USTEDES UNA GRIETA?

Quizá los caminos inciertos partan de este tipo de puertas.

Suelo sentirme excluido de la mayor parte de afirmaciones políticas que comienzan o terminan afirmando algo relativo a “la mayor parte de los ciudadanos (o españoles, o aragoneses, o cualquier otro grupo del que formo parte)”. Por eso, siempre que detecto esta coletilla siento la curiosidad de comprobar de qué nuevo asunto tendré que desmarcarme. En este caso, varios políticos se lanzan a afirmar que “a nadie ofende…” o que “es así para el 100% de los ciudadanos”. Me refiero a la salida de los crucifijos de las escuelas. ¿En qué momento adquirirán la potestad para hablar en mi nombre?. Que hagan y digan lo que les dicte su conciencia, su jefe, o su chequera, pero que me dejen vivir tranquilo. En mi corta trayectoria profesional, ya han sido varias las veces en que el acto inaugural del curso ha consistido en descolgar al pobre crucificado y dejarlo en un lugar más acorde con su naturaleza. Por varias razones, pero la principal es que no, que no pega tal símbolo en el sagrado lugar del conocimiento. Las razones esgrimidas por unos y otros, con especial atención a los cardenales, obispos, y resto de trabajadores del ramo (que igualmente analizan la crisis económica bajo los sorprendentes parámetros religiosos), las dejamos para los humoristas gráficos, a los que, supongo, se les acumula el trabajo. Pero eso, que a mí, en mi clase, sí me estorba.

En cuanto a los asuntos mundanos, de nuevo estoy enfermo. Es la enésima vez en lo que va de curso que dejo de acudir al trabajo por enfermedad, lo que aumenta mi sensación de falta de control del trabajo que tengo entre manos, y, de la misma manera, mi sensación de incompetencia. De hecho, creo que ya he faltado más días durante el presente curso que durante los tres años anteriores juntos. Pensando las causas, se puede considerar la perspectiva budista de la salud, o su carencia, relacionada con el equilibrio vital, o su ausencia (difícil equilibrio urbano...), y también se puede observar, en sentido más tradicional, las horas diarias que paso a remojo en la piscina de la escuela.

Aprovechando los lúcidos momentos de fiebre, sigo indagando y creo estar ya casi convencido de que la conciencia, nuestro hipotético concepto de uno mismo y del mundo, es una pura quimera, una mentira, una ilusión. De hecho, espero el momento en que aparezca una pequeña grieta, un insignificante fallo, algún agujero diminuto que demuestre el engaño. Un resquicio del que tirar, como si de una pared empapelada se tratase, que acabe mostrando algo con sentido al otro lado; no sé qué tipo de realidad, pero otra, pues estoy seguro que ésta no puede ser la buena, es demasiado extraña, hay demasiadas partes que no encajan, y dudas infinitas. Una grieta, cualquier resquicio para el sentido. No puede ser la buena.