
En la escuela, ya sí, mostraré las últimas lucecillas que aún me quedan escondidas a estas alturas. De momento, comenzamos unas muy majas, eso espero, sesiones con la bici, y esta tarde llenaremos la clase de cactus, pinos, sandías, rosales, melones, uña de gato, y tomates.
Pablo me llenó la cámara, la mochila, la funda de la cámara, …, de barro. Hasta sus mecanismos más recónditos. Y nos mantuvo en vilo, a la espera, tres horas. Todo por una foto. La plataforma de presión, los cables, el mecanismo con plastilina, la cámara de veinte duros tunning. Más le valdrá regalarme, al menos, esa primera foto de nuestro tejón comiendo sandía y galletas Chiquilín, o la garduña enfrascada en las sardinillas con tomate.
Llevo tiempo evitando estos temas, pero es que los señores del ladrillo se acercan a mi tierra. Se acercan sin remedio, está rodeada. Que construir 1400 viviendas en un pueblo 400 habitantes sea considerado por el alcalde como aceptable, sostenible, lógico y coherente, pues él verá. Que colocar un campo de golf al lado se entienda como óptimo para el desarrollo del lugar, pues bueno, misterios insondables esconde la ciencia; pero…, que esa superurbanización sea la esperanza de salvación del pueblo, por la población que fijará, no me acaba de convencer. Creo que las personas establecen su residencia en función de aspectos como el trabajo. En todo caso, sí es seguro que el asunto hará ricos a unos cuantos propietarios, a unos cuantos accionistas, a unos cuantos políticos, y, también seguro es que el turismo que se atrae con ese tipo de construcciones de lujo no suele ser el más respetuoso y sensible hacia el maravilloso, milagroso, entorno en el que se hallará esta nueva aberración humana. Seguimos echando cemento en la herencia para nuestros hijos.