sábado, 29 de agosto de 2009

PIRINEOS.


Después de cuatro años, una vieja revista que habrá pasado por muchas manos ha llegado hasta mí tras laberíntico e intrincado recorrido, conexión rumana incluida, encontrando un lector al que sorprender (en la primera página, la escuela de Ansó) y al que mostrar algunos caminos.


Gracias a su entrevista, he conocido a Eduardo Martínez de Pisón. No en persona, desafortunadamente. Apenas un par de páginas, unas pocas ideas, y ya ha pasado a la enorme lista de las personas con las que sería un privilegio compartir una tarde escuchándoles. Esas personas que, estoy seguro, hacen mejor el mundo. Creo que él me entendería decir que uno es de donde se siente.


Henry Russell, a su vez, aparece unas cuantas páginas antes, así que también nos hemos presentado y, no sé él, yo me he enamorado. Ayer por la tarde, sin tardar, empleé el dinero para las zapatillas, habrá que estirar las viejas, en su libro Recuerdos de un Montañero. Dice que “las cosas verdaderamente sublimes las sentimos pero no las aprendemos y todavía menos las comprendemos”. También sentía extraña atracción por dormir en maravillosas montañas y admirar cada mañana el mejor de los amaneceres.


Quizá entonces en esos sitios verdaderamente sublimes no sea lo apropiado buscar respuestas. Quizá sentirlos ya es la respuesta. Probaré con tu idea, Henry; queda poco tiempo.


2 comentarios:

Joselu dijo...

Hay varios vídeos en youtube que tienen el profesor Eduardo Martínez de Pisón como protagonista. He visto uno en que reflexiona sobre el ser humano y el paisaje (territorio más cultura: http://www.youtube.com/watch?v=p7cfod7rJgc

Este verano he atravesado prodigiosos paisajes subiendo montañas y atravesando el corazón de profundos bosques, pero no sé si he sido demasiado consciente de ello. Creo que en mi formación sentimental me siento más cerca de lo urbano que de la naturaleza, pero como tú, me hubiera gustado dormir al raso alguna noche. Pocas veces lo he hecho. Una vez dentro del saco en los inmensos bosques del Canadá. A mitad de noche, cuando todos dormíamos, un crujido me despertó: era un enorme oso negro que había acudido ante nuestra presencia. Se acercó, me miró de lado, olfateó y se marchó. Nadie más lo vio y mi compañero pensó que yo lo había soñado, pero aún lo recuerdo como si lo estuviera viendo. Gracias por descubrirme a estos sabios a los que haces referencia.

Marciano Ansotano dijo...

Gracias por el vídeo, Joselu.

El fantástico Russell te diría seguramente que sí has sido consciente de ello. Si escribes que han sido "prodigiosos paisajes" y "profundos bosques", seguramente significa que los has sentido y eso probablemente representa lo máximo a lo que podemos aspirar en estos lugares: a percibirlos, a admirar su majestuosidad, a notar en nuestra pequeñez la inefable grandeza que muestran.

Creo que estás bien cerca de lo natural. Sólo así se pueden apreciar su valores. Ojalá me oliera esta misma noche un oso negro. Ojalá se pudieran intercambiar los recuerdos, pues intentaría que me prestaras ese.

Un abrazo.

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