viernes, 17 de abril de 2009

SOBRE LA VANIDAD, LA SINGULARIDAD, EL DIOS DE LOS ESCARABAJOS Y LAS RANAS.


Me resulta apasionante seguir los debates y ensayos que elucubran acerca de la especial naturaleza de nuestra especie (recuerdo ahora, por cierto, una interesantíma La Naturaleza Humana, de Jesús Mosterín), de nuestra excepcional diferencia con (el resto de) los animales, de nuestra exclusiva capacidad racional. De nuestra superioridad, en definitiva. Es asombroso y divertido conocer la historia de esta comparación egocéntrica e interesada desde tiempos remotos y cómo va adaptándose y cambiando a medida que los descubrimientos científicos la van dejando en sonrojante evidencia.

El hombre continuamente ha buscado su singularidad en el entorno en que ha vivido, intentando establecer una descripción de su mundo que siempre le ha resultado absolutamente favorecedora, bien autoproclamándose la especie inteligente, bien atribuyendo condiciones especiales a distintos elementos de su vida (la astronomía ha desenmascarado toda una serie de falsas creencias en las que sucesivamente los humanos situaban su planeta, su sistema solar, o su galaxia en el centro y lugar fundamental del Cosmos, por ejemplo; supongo que las guerras donde un país se autoseñala superior a otro son parte de lo mismo), pero la evidencia científica pone al descubierto su vanidad y le obliga a formular otros supuestos más refinados, e igualmente falsos. A este respecto, son divertidas algunas preguntas, y sus posibles respuestas, que se pueden formular relacionadas con algunas de nuestras singulares singularidades, como la religión: por ejemplo, las razones que llevan a un Dios a fijarse en una especie tan normal, entre millones, dentro de una galaxia tan normal, entre otros miles de millones de galaxias normales con miles de millones de sistemas solares normales. O a preguntar, sencillamente, si las ratas también tienen su cielo y su salvación particulares, o quedan fuera de este juego. O incluso los simpáticos escarabajos ¿qué ocurre con ellos al morir?. ¿Tiene tiempo Dios para ocuparse de los coleópteros?.



Nada, únicamente intento percibir la vida con los ojos de una rana bermeja de un fascinante valle pirenaico en pleno celo, preocupada por subirse sobre una buena hembra, copular con ella, y apretarle las entrañas para que suelte los valiosos huevos que permitirán asegurar la continuidad de su material genético, o con los de un intrépido sarrio que únicamente piensa en cómo pasar otra noche a cinco grados bajo cero cuando ya lleva varios días mojado por la lluvia y congelado por la ventisca en medio de montañas y silencios abismales. Y son percepciones interesantes, no crean.



4 comentarios:

entrenomadas dijo...

Qué envidia me das. Yo tengo aquí el murmullo de los ladrillos, el berreo de los coches y el moho de lo urbano.

Una belleza de imagenes. Hasta aquí llega el aroma. Me quedo un rato.
Un abrazo,


Marta

Joselu dijo...

Ayer tuve ocasión de ver el baile nupcial de dos garzas en las marismas del Llobregat, un río degradado pero que está en periodo de recuperación. Desde el observatorio, en silencio, pudimos observarlos y fotografiarlos. ¡Que belleza la de la naturaleza! Y qué lejanos están los chavales hoy día de estas percepciones de lo natural. Todo nos lleva a quedarnos prendidos de lo virtual y perdemos el sabor de la verdadera tierra. Como especie estamos orientándonos a la falsificación y a lo sucedáneo como más gratificante que lo auténtico. Creo yo, no sé.

Marciano Ansotano dijo...

Marta, hola. En la cuidad los individuos vivimos al servicio de ella misma, que nos devuelve en compensación los rugidos del asfalto, el humo, y el olor nauseabundo. Dictamen poco favorable a nuestra inteligencia. Leí, creo que al pintor Antonio López, que las grandes ciudades eran uno de los grandes errores de la civilización moderna.

Joselu, bienvenido, tocas temas del alma. En la naturaleza se puede encontrar la mayor belleza que somos capaces de observar. Conforme nos alejamos de ella, más desviado está nuestro marcador de rumbo. Los jóvenes, y los mayores, la sienten como un producto más de consumo, que es lo que impone el sistema mercantil. Los valores de silencio, escucha, calma, ..., necesarios para acercarse a ella y saborearla son difíciles de conseguir para comenzar. Pocos están dispuestos a esforzarse subiendo una colina para observar un espectáculo grandioso desde su cima. El valor del esfuerzo está en esa colina.

Lo virtual es una ruina. Un joven juega con la maquineta hiperrealista a tenis mientras su vecino y amigo hace lo propio en su casa, a la vez que la pista de tenis cercana está vacía. Son las sensaciones naturales ofertadas por la tienda del Centro Comercial al pobre Cipriano Algor, el anciano de La Caverna de Saramago.

Por estas cosas me hice marciano, qué remedio.
Sendos afectuosos saludos.

Marciano Ansotano dijo...

Por cierto, Joselu, enhorabuena por la observación de las garzas. Ahora mismo la vida está en ebullición, y cualquier paseo depara observaciones preciosas si se afina la mirada.

Salud.

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