domingo, 19 de octubre de 2014

RITMOS.

Siempre he sentido que puedo mantener dignamente en marcha un par de asuntos. Cuando se presenta un tercero o un cuarto tengo la certeza de que debo establecer prioridades o algunos de ellos va a sufrir escasa atención. Es lo ocurrido con la escritura durante este curso.

Trabajo y vivo en uno de los lugares más asombrosos y deslumbrantes de todos los posibles. La persona que mejor me conoce dice siempre que tengo mucha suerte, bien sea para aparcar, bien para asuntos menos mundanos. Y seguramente tendrá razón. Tras un tiempo de otras cosas, vuelvo a sentir cada día los ritmos naturales: la luz menguante, el frío que gana espacio, las noches estrelladas y silenciosas, el agua que corre cada día ajena a Bankia y otros productos de la marca España. 





viernes, 12 de septiembre de 2014

PAPEL QUE JUSTIFICA... O ACUSA.

Un médico escasamente competente (podemos pensar que simplemente atravesaba una mala época, se le torció el matrimonio, perdió la vocación, etc.) es el encargado de establecer un protocolo de actuación en su unidad hospitalaria. Al cabo de un par de años cambia de lugar de trabajo y llega un nuevo profesional. Al observar los protocolos establecidos comprueba que no son eficaces, incluso irreales e inaplicables, y lo traslada a sus superiores. Le informan que su obligación es cumplir el protocolo y que se estudiará para el siguiente año. Hasta entonces los pacientes sufrirán las consecuencias de un procedimiento previo mal elaborado, pero los profesionales estarán tranquilos porque están cumpliendo con lo oficialmente impuesto.

Un cirujano amigo del doctor de la historia anterior tiene que realizar una operación importante. Para prepararla sus superiores le mandan leer Crimen y Castigo y reparar las molduras de la sala de espera del centro. Por otra parte, debe realizar un trabajo indicando los objetivos de la operación, las técnicas que utilizará, en qué conocimientos se apoyará para realizarla, cómo evaluará el resultado, etc, justificando cada apartado pormenorizadamente. Al principio se muestra incrédulo y trata de justificar que estas loables tareas no implican un mejor desempeño en la operación. Sus superiores indican que ellos son los encargados de la tarea intelectual, que no se complique con pensamientos que no le atañen.

Estos primeros días de curso he hablado con compañeros de varios centros y el elemento común es el desasosiego antes los cambios legislativos impuestos de forma apresurada. En principio el cambio supone en muchos elementos un simple cambio en la terminología, pero en cualquier caso está obligando a rehacer cientos de papeles con sus tablas y justificaciones. Muchos acabamos el junio pasado peleando contra documentos que nos imponían, cuyo sentido pedagógico casi ningún maestro consigue vislumbrar. Ahora, dos meses después, buena parte de esos documentos son inservibles y se deben rehacer para dentro de dos o tres años tirarlos también a la basura. Incluso una compañera se mostraba desconcertada porque en su centro la prioridad del comienzo de curso era rellenar algunos de estos papeles, obviando que en unos pocos días los niños estarán en el aula y otras tareas parecen las prioritarias.

Ya he escrito otras veces que nuestro oficio es uno de los pocos, realmente no encuentro otro, en el que nuestra formación no sirve para nada a los ojos de los superiores, pues buena parte de nuestra jornada semanal se invierte en justificar cada una de nuestras acciones: ¿por qué este contenido?, ¿por qué esta evaluación?, ¿por qué…? Porque SOY MAESTRO parece que no sirve a estas personas, que entienden que nuestra formación no nos capacita para absolutamente nada (quizá no sea demasiado falso, pero este es otro problema). Incluso en algunas publicaciones sobre currículum y acción docente redactado por alguno de los citados superiores se indica de manera muy clara, a mi entender, que tantas imposiciones y trámites son necesarios porque buena parte de los maestros no sabemos hacer nuestro trabajo. Siguiendo con la analogía médica, que me parece tan evidente, es inimaginable que un médico invierta una buena parte de su carga profesional semanal a redactar justificaciones y protocolos sobre su trabajo, siendo buena parte de ellos irreales o irrealizables. La cuestión me parece muy clara: se confía en la formación del médico, que le habilita para su desempeño profesional, y no se confía en la formación del maestro, que debe ser fiscalizado en cada uno de sus pasos y armado con miles de protecciones burocráticas para “cubrirle las espaldas” en el caso de que cometa algún despropósito, cosa probable dada su incompetencia general. ¿Por qué no cargar el esfuerzo en una formación inicial adecuada que nos permita la necesaria autonomía en el desempeño de este oficio?

viernes, 5 de septiembre de 2014

VUELOS.

Hoy corría por un bosque que en otro tiempo cercano me hubiera hecho sentir en conexión mística con el Universo. No sentía nada, quizá me sentía incluso extraño. Pensaba, mientras subía, resbalaba y me torcía los tobillos, en la escuela y en algunas situaciones que muy probablemente son disparatadas. Seguía subiendo y seguía sin estar allí, como ahora seguramente no estoy aquí.





domingo, 31 de agosto de 2014

CUATRO LAMENTOS Y MEDIO PARA (VOLVER A) COMENZAR.

Brumas en el pensamiento

Lanzo las últimas miradas a la casa. Tiene el sonido hueco por estar ya casi vacía y porque no ha sido un lugar especialmente pleno en sentimientos. En unas horas estaré trabajando en un nuevo lugar. No estoy seguro si es por la vejez acuciante, por el elevado número de mudanzas y cambios en poco tiempo, por otras razones desconocidas o por todas juntas, pero cada vez se hace más complicado cerrar una vida y empezar otra. Quizá haya un número preestablecido de cambios vitales y yo lo haya agotado. Creo que he superado el límite vital de descarga de datos y cambios trascendentes y por eso ahora estoy viviendo con la mínima velocidad de mantenimiento en la conexión, sin saber siquiera si puedo obtener un bono extra para ir tirando unos meses. Releyendo lo anterior me sorprendo porque quizá esté dando explicación y diagnóstico a una extraña enfermedad que me afecta desde hace un tiempo en los meses finales del año, que me deja sin energía y me hace vivir a mitad de velocidad: he agotado mi tarifa de experimentación de circunstancias vitales y solo puedo vivir con la cuota de velocidad mínima. Si las inmorales compañías de telecomunicaciones valoraran esta opción no dudarían en explotarla. He aquí una buena idea para desarrollar en un libro sobre la alienación del tiempo presente.

Buscar casa en un pueblo me resulta siempre una circunstancia ingrata y este año no es diferente. Cuando el lugar es frecuentado por turistas, la mayor parte de casas están dedicadas a ellos, pues se cobra en un mes el alquiler equivalente de una persona normal durante casi el año completo. Por eso, la frustración de buscar y preguntar sin obtener fruto es una de las primeras sensaciones. Por otra parte, en los pocos espacios que quedan disponibles para trabajadores simples y llanos como yo, sin ánimo de dejarme paga y media por cubrir mis huesos casa noche, existe algún tipo de regla misteriosa en virtud de la cual cada año te piden un alquiler más caro. Así ha ocurrido en cada lugar desde hace diez años cuando comencé a trabajar como aprendiz de maestro. Curiosamente esta regla no considera que cobro lo mismo cada año, incluso menos que cuando comencé. Es evidente que para los pueblos el turismo es una vía de salvación, pero estoy seguro que este recurso crea desajustes muy importantes que quizá los organismos públicos deberían atender: para una familia de economía normal es muy difícil ir a vivir a uno de estos lugares porque los precios de venta de las casas siguen siendo tan desproporcionados como hace unos años. Por su parte los alquileres son igualmente difíciles de asumir y además se tiende a que prácticamente todos estén dedicados al turismo. Muchos de estos pueblos dependen en un porcentaje cercano al 100% del turismo, estando en vías de desaparición actividades del sector primario y siendo inexistente el sector secundario. Y esto me crea una sensación extraña de que se están convirtiendo en gigantes centros de interpretación donde se habla de lo que se hacía, lo que se comía, de lo que allí sucedió… pero vacíos en lo referente al presente. Esto es una impresión muy personal y mal expresada que enfadaría a muchas personas que viven con esfuerzo en estos lugares.

Cansado, triste, angustiado y enfermo comenzaré el curso 2014-2015. Y en nada estaremos despidiéndolo. Buen comienzo para todos los maestros de bien hastiados por la burocracia.

viernes, 22 de agosto de 2014

AÑO NUEVO.

Despegando

Hoy es tres de enero de 2015. En vistas de que el año en curso estaba resultando tan grotescamente desafortunado, decidí ponerle fin y comenzar uno nuevo lleno de buenos propósitos y ese tipo de cosas que las personas solemos hacer en estas fechas. De momento han sido tres días buenos. Y en el peor de los casos, poco costará saltar al dos mil dieciséis. 

Quizá he entendido tan escasamente lo que ha ocurrido en los meses pasados porque dejé de escribir, aunque lo más probable es que dejara de escribir justo porque no entendía ni lo más elemental que ocurría alrededor. 

En apenas nueve días estaré trabajando en una nueva escuela. Una escuela pequeña y sencilla, como mi cerebro. Por ello espero encontrar la sintonía habitual con estos lugares. Comenzaré con algo ganado y es que habré abandonado el anterior centro escolar, que probablemente se insertará en mi historial personal como el lugar de trabajo con el ambiente más represivo y degradante. Un centro en plena armonía con los tiempos actuales, donde la presión de la burocracia, de las medidas dictadas siguiendo la última ocurrencia, del "hacer por cubrirse las espaldas", están poniendo en apuros enormes cualquier intento o maestro centrado en aportar algo de valor a los niños. 

Espera una clase con unos pocos niños y casi todo por hacer, una vez más.

miércoles, 14 de mayo de 2014

SOBRE UN MAESTRO INÚTIL QUE SE BUSCA A SÍ MISMO.

Pedagogía de(l) vértigo

No sé con certeza si estoy curado. Al menos soy la sustancia que era antes con un grado de fidelidad cercano al setenta y cinco o setenta y siete con seis por ciento. No sé si esto bastará. Resulta curioso decir estas cosas con una temperatura corporal tan calurosa.

Me gustaría escribir sobre un tema divertido, trascendente y, además, hacerlo de forma brillante. En lugar de esto, apenas tengo en mente un par de asuntos demasiado particulares, sin importancia, y que voy a expresar con grisura. Otro día igual sale algo divertido escribiendo sobre la corriente pedagógica en la que los maestros dan clase mientras intercambian con su gente mensajes de guasap.

Para acabar el trimestre, el curso, y mi período en el centro penitenciario llamado escuela en el que trabajo, realizo con mis tres cursos respectivas unidades de patinaje y bicicleta. La logística que implican ciento cincuenta bicicletas y cien pares de patines es tan curiosa como laboriosa, pero lo más negativamente sorprendente, como siempre en mi caso, son las familias. Entre doscientas cincuenta posibilidades ha de haber desacuerdos y enfados, no preverlo sería de necios, pero no dejan de doler y desgastar. Seguramente en el momento del curso en el que más trabajo realizo, riesgos asumo, beneficios podemos conseguir, ..., he experimentado las peores situaciones del año: familias que se han negado a traer el material (teniéndolo), material en un estado deplorable que directamente afecta a la seguridad de los niños (y cuyo estado no depende apenas del dinero sino del interés; petición hecha con siete meses, y también dos semanas, de antelación), personas que se han quejado por variadas cuestiones y, especialmente, siempre hay una guinda que adorna el conjunto, con un padre que generó la siguiente anécdota:

El alumno trajo tres días consecutivos su bici rota y me repetía que su padre le decía que la arreglara el maestro. Yo le respondía que no tenía ni el tiempo ni las herramientas, hasta que al tercer día ya consideré la necesidad de hablar con la familia. A mitad de la clase de este tercer día el alumno se cayó y en medio de los lloros expresó con un gran grito un "ha dicho mi padre que o me arreglas de la bici o te va a denunciar". Al mediodía hablé con la familia, la madre dijo algo similar a "ya lo sabía yo, siempre estoy en medio de todo", me confirmó que el niño había escuchado esas palabras y me pidió una cita para tratar el asunto. Con el padre en cuestión no había intercambiado nunca ningún comentario, no nos conocíamos absolutamente nada. Tras saludarnos, con la madre como espectadora, indicó ideas como que a la gente como yo había que pararle los pies cuanto antes, con denuncias y medidas de choque similares, que era un incompetente, que no estaba capacitado para hacer mi trabajo y que así lo denunciaría al equipo directivo y en el juzgado, que para perder el tiempo él en arreglar la bici de su hijo, que lo perdiera yo porque su tiempo era más valioso que el mío. Al cabo de veinte minutos se fue muy enfadado con su mujer tras él llorando. En ese tiempo apenas desvié y respondí mínimamente las acusaciones tan tremendas que me lanzó.

Una de las preocupaciones de la familia, en un niño de NUEVE años, se refería a qué pasaría con la nota si el alumno si no traía el material. Esta preocupación exclusivamente centrada en la calificación, que obvia absolutamente el proceso, el aprendizaje, las necesidades de mejorar, la encontramos con frecuencia alucinante en este centro. No sé si es cuestión de esta escuela, de escuelas de este tamaño, que implica en las familias una variedad de pensamientos y acciones tremendas, o es una tendencia general entre las familias en el conjunto de las escuelas. En cualquier caso, es terrible en niños tan pequeños (hay casos similares en primer ciclo e incluso infantil!), el pensamiento exclusivamente centrado en el indicador final, sin importar nada a qué apunte ese número. Cada vez escucho más, yo mismo lo he practicado, la situación en la que, llegados a un punto de desacuerdo determinado, el maestro pide a los padres que le indiquen qué nota quieren para sus hijos, que será puesta tal cual. No me imagino yendo al médico en veinte minutos y cuestionando el antibiótico que me va a recomendar. Aunque hay una distancia infinita entre ambos oficios, claro está. Hace unos artículos me refería a un precioso proyecto de un profesor de biología en bachillerato que en la valoración final criticaba amargamente la concepción alarmantemente utilitarista (al margen del su valor intrínseco, solo centrada en la selectividad) de tal etapa educativa. Si este profesor echara un vistazo a este tipo de problemas surgidos ya en primaria... supongo que quedaría muy sorprendido... y resignado.

Por otra parte, hacer en casa un juicio de valor tan duro sobre un maestro delante de los hijos, aunque fuera cierto, es una desgracia añadida, pues el niño no tiene las herramientas mentales para gestionar esa información y cuando al día siguiente esté delante de su maestro se va a sentir en una posición muy difícil de manejar. Además, ese maestro incompetente va a ser la persona de la que dependa el niño en mil situaciones durante el curso (curriculares, sociales, afectivas...), por lo que la consideración por parte del niño de que su maestro es un inútil al que se puede humillar y gritar no ayudará demasiado en tales situaciones donde la confianza y el respeto tienen cierto valor.

Como he escrito al principio, un simple asunto particular de los que me dejan maltrecho, con mil dudas, anímicamente mareado. A ver si consigo ahora poner verde al médico e increparle por su diagnóstico y tratamiento.


Buen día para todos.

miércoles, 16 de abril de 2014

TSUNAMIS Y OTRAS CATÁSTROFES.


Muchas semanas después de la última entrada, vuelvo a teclear por estos lugares virtuales y extraños, o extraños por virtuales.

En este tiempo ha ocurrido una buena cantidad de cosas muy especiales. Asuntos que pasan una o dos veces en la vida se han concentrado en un período muy corto y han provocado un efecto similar al de un tsunami que sucediera en el cerebro, en las emociones y en las pocas certezas con las que me mantenía vivo. Todo está tirado ahora. Las actividades que me han mantenido activo en los últimos años: ejercicio, leer, escribir, subir montañas... son justamente las que no deseo realizar, por lo que el desconcierto es mayor.

Una de las lecciones más interesantes tiene que ver con el poder de las emociones. Unos entes de naturaleza indescifrable, especialmente si no eres neuroquímico, que son capaces de hacerte olvidar la necesidad de comer, de dormir, e incluso de mantener el trabajo. Respecto a este último, se han sucedido las anécdotas terribles propias de un lugar y de un tiempo donde reina la sinrazón educativa, donde lo último a considerar son los niños, pero no me ha importado especialmente. Incluso vivo una relación dura y difícilmente comprensible con un cargo directivo de mi centro, pero igualmente poco me ha afectado. Las emociones son capaces de establecer un velo mágico alrededor del cuerpo en el que chocan y se resbalan algunos problemas que en otro momento hubieran provocado honda amargura.

Colecciono otro destino más en mi colección de escuelas en las que he trabajado, pero esto será materia de otro escrito y de un buen puñado de sentimientos de complicada gestión.

Retomamos, al menos, la escritura.