martes, 23 de abril de 2013

DE MAESTROS INTRÉPIDOS. O INSENSATOS.


Niño intrépido me manda foto. Riesgo, emoción, caída... levantarse y vuelta a empezar.

Desde hace varios años, quizá desde que comencé a trabajar, cada curso me convierto enseguida en el profesor arriesgado que hace cosas con los niños que otros maestros ni consideran por el riesgo que en ello observan.

Escribo sobre este tema en gran medida porque dar clase de EF a quinientos niños cada semana ha multiplicado por diez los sucesos que estoy viviendo este año respecto a los ocurridos los años anteriores. Por cuestiones meramente estadísticas encuentro diez veces más golpes, más lloros, más lesiones leves y graves, más familias enfadadas con o sin razón, que en los años anteriores, por lo que el asunto adquiere una dimensión que obligatoriamente exige reflexionar.

Sin ir más lejos, los asuntos más graves ocurridos este año ni siquiera han surgido específicamente del trabajo de clase, sino de aspectos secundarios. Como luego escribiré, el maestro de EF es seguramente quien asume más riesgos a la vista de su objeto de trabajo, de la variedad de material empleado, del espacio donde desarrolla su trabajo, de la complejidad de las relaciones que se establecen en clase entre los alumnos. En primer lugar, una familia me acusó ante el equipo directivo de maltratar a su hijo (le sujeté para que no pegara a otros compañeros, y el asunto acabó al cabo de unos días con la disculpa de la familia por una acusación tan terrible). En segundo lugar, hace pocos días explicaba unas cuestiones de la sesión en la pizarra portátil cuando una ráfaga de viento la tiró y golpeó a varios niños en la cabeza. Uno de ellos al acabar la mañana se mareaba y tuvo que acudir al hospital para pasar unas horas en observación y prevenir complicaciones. En este caso casi tuvo que ser la familia quien animara al maestro por el susto que me di, pero en otras circunstancias, otra familia y con un poco de mala suerte, quizá el maestro hubiera acabado en una difícil situación legal (en cualquier caso, una vez comprobado que el alumno está bien, maldita importancia tiene la legalidad, aunque te acabe llevando a la cárcel).

He pensado unos minutos cómo enfocar esta entrada, y realmente hay muchos ángulos diferentes:

- La valoración y decisión posterior del maestro entre riesgos a asumir y beneficios pedagógicos a alcanzar. Ilustrativamente, el riesgo cero es no hacer absolutamente nada con los alumnos más allá de tenerles lo más quietos que sea posible y devolverles cuanto antes con sus familias. Evidentemente, no se hará con ellos ninguna salida fuera de la escuela ni actividad alguna que pueda implicar una rozadura en el pie.

- Cómo entendemos nuestra responsabilidad en proporcionar experiencias importantes a los alumnos que seguramente de otro modo no alcanzarán. Para el tutor puede pensarse en actividades de teatro, de salidas a la naturaleza, visitas a museos, convivencias de varios días… pero en el caso del maestro de EF esta perspectiva está intensamente presente cada día desde el momento que las experiencias motrices de los alumnos son cada vez más pobres… ¡y siguen siendo igual de necesarias! (al respecto puede considerarse un tema que he tratado otras veces: la prohibición explícita del juego  infantil en la mayor parte de los lugares de la ciudad donde este es posible (plazas y calles peatonales, etc.) y, en general, un diseño urbano que obvia completamente a sus habitantes más jóvenes). Así, hay niños que no han montado en bici, que no han ido en patines, que no conocen una piscina, que no han salido al campo a caminar, o más terrible, que no tienen otros momentos de juego compartido fuera de las clases de EF.

-La americanización de nuestra vida da lugar a presenciar hechos que hace quince años observaba con sorpresa en la sociedad americana: me refiero en este caso a denunciar en el juzgado en cualquier asunto de la vida. Muchos maestros temen este tipo de acciones por parte de las familias y directamente optan por la vía de no tomar ningún riesgo.

- La asignatura de Educación Física implica movimiento, y el movimiento implica choques, caídas, roces, cansancio, esfuerzo… forman parte de su naturaleza. En este sentido el maestro de EF es el maestro más expuesto ante la problemática de la que estoy escribiendo.

- La sobreprotección de los niños. Cada vez hay más niños que no saben qué es caerse, qué es hacerse daño… lo que significa directamente que no juegan, que no se mueven. Se pueden rellenar miles de páginas sobre la necesidad del movimiento y del juego (desarrollo de la motricidad, de la autonomía, de la comunicación y la socialización, hábitos saludables e integración de los mismos en la vida adulta; forma parte, simplemente, de la naturaleza humana y más específicamente aún de la del niño). Aquí incluyo una referencia a otro caballo de batalla: la dinamización de los juegos en el recreo. Muchos maestros están tranquilos si una mayoría juega a fútbol y los demás deambulan como abueletes en un geriátrico. Considero que tenemos una responsabilidad importante en este momento escolar, que, a su vez, se presta para compensar algunas de las carencias citadas respecto al juego libre, a la relación con los compañeros, a conocer recursos para utilizar en el tiempo libre de cada tarde. Muchas veces, aportar un matiz positivo en este asunto no depende de grandes medidas ni grandes recursos: uno de los juegos más divertidos que han descubierto en el recreo los niños de segundo consiste en montarse en una caja de plástico (de las usadas para la fruta) y ser arrastrados por varios compañeros mediante una cuerda. Aunque, por supuesto, hay que convencer a compañeros que de entrada y por defecto prohibieron el juego nada más verlo. Otras veces es simplemente la motivación que aporta el maestro que participa un tiempo en el juego, o poder sacar al recreo el material que se está utilizando en EF esos días (quieren mejorar un poco más, comprobar lo aprendido en clase, etc; me refiero a bádminton, bicis, patines, pelotas para juegos variados, cuerdas, aros, etc.), o cualquier otra medida que haga del recreo un lugar de mayor dinamismo y aprovechamiento. Respecto al tiempo extraescolar de los niños, sugerir que pidan regalos que les ayuden a enriquecer sus actividades de juego y motricidad también puede ser una opción, e incluso prestar desde la escuela algunos materiales para que practiquen y, en su caso, valoren si los quieren comprar para disponer de ellos en cualquier momento. Más aún, una medida relacionada con lo anterior y que estos días me dedico a llevar a cabo, el profesor de EF puede mantener actualizado un listado de posibles clubes, asociaciones, o actividades donde los alumnos encuentren espacios y momentos extraescolares para desarrollar su motricidad, en particular, y su personalidad, en general.

Pensando en las actividades más bonitas, más provechosas y de mayor impacto para los niños que he realizado o en las que he participado desde que soy maestro me acuerdo de las Semanas Blancas que acompañé a los niños del colegio Doctor Azúa, en los lanzamientos de niños por el aire a la piscina del Piaget o en sus progresos y tragos de agua con el buceo, de las carreras en carros con ruedas por los pasillos piagetenses, en viajes de varios días a distintos lugares sin otros maestros acompañantes, en rutas con la bici por senderos de monte, en bajadas a buena velocidad desde Zuriza, en almuerzos desde el escarpe de Juslibol contemplando la efervescente ciudad bajo nuestros pies, en excursiones que acababan con los niños de Peñarroya metidos en el río Tastavíns o con los de Ansó en el Veral (mientras Carmen, la excepcional maestra que aún es ansotana, sufría y me lanzaba miradas fulminantes), en la escalada en Linza, en dormir en la escuela de Ansó con nuestros amigos zaragozanos, de cualquier semana CRIET, con maestros con responsabilidad sobre mil niños en todo tipo de actividades, en actividades de orientación con niños desperdigados por un amplio espacio y corriendo en todas las direcciones… estoy seguro que si el principal criterio de valoración fuera el riesgo asumido, la escuela perdería buena parte de su valor. Sencillamente, como una parcela más de la vida, donde desde el momento en que te mueves hay riesgo, pero donde si no te mueves… no hay vida.

Es una de las entradas más extensas que he escrito y, a pesar de ello, concluyo con la sensación del tratamiento superficial. Escribir de temas muy complicados en unas cuantas líneas quizá genere más asuntos importantes omitidos que cuestiones igualmente importantes tratadas.

martes, 9 de abril de 2013

OTRO QUE NO DEBÍA.


Si la memoria no me engaña, creo que el suyo es el único autógrafo que tengo en casa. Tuve la profunda fortuna de escucharle en directo en Jaca. 

Su peor fallo, como el de Saramago hace también poco tiempo, ha sido morirse. Con la muerte de Labordeta leí lo de todos los buenos se mueren antes de tiempo. Amarga verdad.

Este blog se declara de luto permanente ante el fallecimiento de un autor que tanto me ha hecho aprender y disfrutar. Siempre tendré rondando por la cabeza La senda del drago ante la posible pregunta acerca de un libro favorito. Y los diálogos con el médico Valentín Fuster, rebosantes de vida y humanismo.

¡Viva en la memoria José Luis Sampedro!

lunes, 8 de abril de 2013

UNO DE DROGAS.

Si teclean en su buscador TDAH, es decir, trastorno por déficit de atención e hiperactividad, obtendrán unos cuantos millones de resultados. Darán con pedagogos de moda desmontando lo que consideran una patología irreal creada por un sistema educativo anacrónico y una sociedad enferma, encontrarán a psiquiatras delimitando la patología y su tratamiento, podrán escuchar testimonios de niños, padres, y cualquier otro hecho que realmente deseen analizar.

Mis pretensiones son muy humildes. Llegué a este asunto de la escuela hace unos cuantos años y prácticamente no se nada de ella ni de ninguna otra cosa. No dispongo de estadísticas sobre la evolución en el tiempo de este trastorno, de la definición médica precisa, de los datos reales de niños diagnosticados en nuestra comunidad o en el país. Mi datos se limitan a la experiencia en los centros por los que he pasado. En estos lugares sí existe un pensamiento colectivo generalizado de que cada vez es mayor el número de niños diagnosticados con TDAH y, por tanto, medicados para ello.


(Retomo la escritura que quedó aparcada ayer. Además, escribo rápido pues tengo unas cuantas emergencias vitales que atender).


Entre muchas, dos circunstancias para considerar:


-         - Aumenta cada día la frecuencia de familias y tutores que me indican que tal niño está medicado, que le están ajustando las dosis y que recojamos información sobre cómo se encuentra a tal o cual hora, por si al alquimista se le ha ido la mano o, al contrario, el niño aún da síntomas de eso, de ser niño. Si está un poco desmandado por la mañana, pues un poco más de chute en el desayuno y así el mocete vendrá finamente narcotizado. De hecho, en reuniones maestriles se justifican con normalidad conductas de los niños en base a desajustes de la medicación, a cambios en las dosis, etc. ¡No en referencia a criterios pedagógicos!


-         - B es una alumna muy joven. Apenas hace siete años que conoce el mundo. Durante los primeros meses de curso mantuvo un comportamiento mejorable en EF. Mejorable del modo en que son mejorables otros cincuenta millones de comportamientos. Se despistaba, incumplía algunas normas, una pelea de vez en cuando. Por otra parte, era especialmente cariñosa y ponía interés en mejorar. Estos asuntos se comentaron con su familia, que maravillosamente se prestó a colaborar y a tener un seguimiento periódico para que la situación mejorase. Al cabo de unos meses, estaba encantado con la niña y con la familia, pues el comportamiento era prácticamente perfecto y la niña trabajaba de modo excelente en las clases. De todos modos, al cabo de unas cuantas semanas acudieron al médico, que diagnosticó a la niña con las famosas siglas y le recetó la pastilla conveniente. Al enterarme me quedé perplejo, pues B, hasta donde alcanzo a valorar, encaja perfectamente con la normalidad y con lo que se supone es un comportamiento que la educación, el trabajo diario, los hábitos, el cariño, …, deben ir encaminando hacia mejoras progresivas. Incluso los informes médicos hablaban del comportamiento en términos de normalidad. Me quedó la terrible sensación que era cuestión simple de un cambio: un cambio del esfuerzo diario de caminar junto a un niño por el gesto de dar una píldora que haga, teóricamente, algo parecido. Pastilla a cambio de esfuerzo, de educación. Puestos a lanzar palabras, que no cuesta nada, creo que es un síntoma de nuestra enfermedad social: tender hacia todos los senderos que limitan el esfuerzo, la dignidad, la constancia…, bien aprovechándonos del prójimo, bien con una sustancia química, bien con el medio más rápido y fácil que tengamos a mano.

Cada día dejamos menos a los niños hacer de niños. Prohibimos sus juegos en las plazas y en las calles, les llenamos el horario de actividades organizadas que les mantienen ocupados y cuidados, les negamos el contacto con el mundo natural con el que llenar su vida de movimiento y descubrimientos, les negamos el mismísimo juego, les obligamos a vivir a una velocidad estúpidamente creada por los adultos. Finalmente les negamos las conductas auténticas que significan ser niño: el movimiento, la inquietud por ir de aquí para allá, la alegría del juego libre y espontáneo. Más aún, lo penalizamos con un castigo o una pastilla.


No tengo claro si un pesimista se alegra cuando constata que tiene razón. Cada día compruebo que me quedo corto en mis perspectivas sobre la podredumbre de nuestra especie. Los adultos occidentales vivimos una confusa fiesta llena de alucinógenos, desahucios, mentiras y excesos. El problema temible es que, ni siquiera son simples espectadores, invitamos a los niños a participar en nuestro despropósito.

sábado, 30 de marzo de 2013

NO SE FUSILA EN DOMINGO.

Afortunadamente he vuelto a dar con un libro que me ha dejado conmocionado. Una de esas lecturas que te remueve las ideas y te deja mareado, desconcertado. Me refiero a No se fusila en domingo, de Pablo Uriel. Pudiendo ser testigo tan cercano, a través de la lectura, de una vida memorable, no dejo de cuestionarme sobre la superficialidad y placidez de la propia.

Hace unos minutos corría siguiendo el límite del campo de maniobras de San Gregorio, pensaba en Pablo Uriel y en la celda catorce, en Belchite, Azaila… y en cómo el tiempo cubre con un telón de irrealidad el pasado.

Es muy sencillo, Señor; los sacerdotes se esfuerzan por convencer a los hombres de que los banqueros y los grandes mercaderes estaban ya configurados en los esquemas de tu creación. Son obra tuya y, por los tanto, son intocables. Producen muchos sufrimientos, pero estos sufrimientos forman, según ellos, parte del orden natural de las cosas que tú dejaste establecido. Contra todos aquellos que no creen las mentiras de los sacerdotes, interviene la espada.

Terminó la arenga con su famoso grito de “¡Viva la muerte!”, al que todo el mundo respondió como si no hubiera en él la más monstruosa contradicción. Pero no lanzó su otro grito, aquel que escupiera frente a Unamuno. Él no lo hizo, pero, de pronto, un jerarca falangista que estaba junto a él, gritó con un gesto violento y agresivo: “¡Muera la inteligencia!”. El grito fue coreado, como lo hubiera sido cualquiera lanzado en ese momento.

El fin de la Segunda Guerra Mundial fue una ocasión ardientemente deseada, que de un modo inexplicable pasó sin más consecuencias que la consolidación de un estado de cosas injusto y una desilusión más para los españoles. Al cabo de veinte años una nueva generación ha venido a constituir gran parte del Cuerpo Nacional, y esta generación ha sido formada en un clima de indiferencia y desconocimiento buscado por nuestros gobernantes. Puede afirmarse que si en los primeros diez años el secreto de la estabilidad era el terror, hoy lo es por el hecho de que el pueblo español, quizá desilusionado, ha depositado toda su capacidad de pasión en el fútbol; sería difícil precisar cuál de estos dos estados anímicos es más pernicioso para España.

Son tres fragmentos que marqué en el libro por diferentes razones. En estos casos y en general a lo largo de todo el libro, me sorprende enormemente cómo muchas claves con las que el autor explica acontecimientos de un tiempo tan lejano son válidas y perfectamente aplicables a circunstancias actuales.

sábado, 16 de marzo de 2013

OBSESIONES Y VACÍOS.


Mis obsesiones fotografiadas

Escucho obsesivamente Moldava, del músico checo Smetana y As Earth as it is in heaven, de Ennio Morricone. Sus melodías están tejidas con melancolía, con montañas solitarias y con noches bajo las estrellas.

Soy un maestro vacío, fragmentado e incoherente: veo a los grupos cada tres o cuatro días, apenas unos minutos y me observo atrapado en los mismos obstáculos sesión tras sesión. Es tan escaso el tiempo que apenas podemos sistematizar el trabajo, los niños que precisan mayor atención me provocan la sensación de estar atendiéndoles insuficientemente, vivo las pérdidas de tiempo y el mal funcionamiento de algunos grupos con auténticos remordimientos por la sensación de dejar de cumplir con mi labor, surgen temas durante la clase que quedan sin abordarse por no ser estrictamente fundamentales (¡pero sí lo son, probablemente!), apenas puedo profundizar en el conocimiento personal de los niños, hablar con ellos con calma. Cada semana comparto tiempo con más de doscientos niños y, cuando llega la tarde del viernes, quedo con la sensación de haber realizado un trabajo microscópico con cada uno de ellos. Un trabajo que una leve brisa puede borrar y que nos hará comenzar prácticamente de nuevo en la siguiente jornada. Creo que experimento el trabajo perfectamente opuesto al de un maestro tutor de un grupo pequeño, donde sientes cada instante la responsabilidad de cada circunstancia que ocurre a cada niño y conoces en detalle su personalidad. Donde puedes leer una poesía o hacer una excursión de forma improvisada.

Quizá el principal problema en mis clases este curso tenga que ver con el comportamiento de los grupos. Nunca había trabajado con grupos tan numerosos, por lo que seguramente no aplico los recursos adecuados para que la clase trabaje como debe. Con grupos reducidos, el comportamiento es un aspecto que apenas requiere esfuerzo. En la actualidad, creo que muchos niños aún no han hecho Educación Física, sino que llevan siete meses donde lucho con ellos para que atiendan las explicaciones, se ciñan al trabajo que les mando, no tengan conflictos y agresividad cada tres minutos. Estoy atascado en muchos casos con estos problemas de comportamiento; hasta tal punto que parezco con frecuencia maestro de este aspecto y no de EF, pues las charlas y las medidas tomadas con los niños, con los tutores, con las familias, suelen girar más hacia ello que hacia los contenidos propios de la asignatura. Intuyo que este problema tiene que ver con un hecho sustancial: sigo trabajando bajo la convicción de que el trabajo de los niños no puede estar condicionado por la coacción, las amenazas, los premios o los castigos,  que seguramente reportan un efecto vistosamente positivo a corto plazo. Al contrario, trabajar cada día diciéndoles que confío en ellos, que no soy un policía, un vigilante, que si acordamos un trabajo y unas condiciones hemos de cumplirlas, que el premio por el trabajo en la escuela y en la vida es el mismo: la propia satisfacción de haber cumplido, de haber trabajado por ser mejores… , tiene efectos mucho más lentos y en el corto plazo muy poco agradecidos. Más aún considerando que la educación de los niños parece estar cada día más condicionada por un sistema de premios y castigos absolutamente externos y ajenos a la conducta. En relación a esto, hace unos días una maestra me contaba sorprendida cómo cotizaban en su clase los exámenes aprobados, los trimestres superados, etc: pagas extra, viajes a parque de atracciones… hablábamos de niños de segundo curso de primaria. Estoy seguro también de que lo descrito guarda alguna relación con la desmotivación de los alumnos cuando son más mayores: en unos pocos años ya han sido premiados y castigados con prácticamente todos los recursos al alcance de las familias y los maestros. ¿Qué queda estonces para moverles a la acción y a la responsabilidad personal?

En todo caso, como convencido pesimista, echando un vistazo al mundo que encontramos al salir de la escuela, poco parece importar lo que ocurre o deja de ocurrir dentro de la misma.

martes, 26 de febrero de 2013

YA ES PRIMAVERA EN LA ESCUELA.

Alfredo Larraz ha creado un blog donde colocará sus reflexiones en torno a la escuela y la educación física, además de recursos que ha ido utilizando en sus clases. No sé bien qué poner para no ser reiterativo: simplemente es una gran fortuna para los aprendices de maestro como yo poder seguir teniendo un conducto de comunicación con este gigante de la escuela. Además, el blog y los artículos que ya se pueden leer son una muestra más de su generosidad hacia los que le consideramos una de las principales figuras de referencia en nuestro oficio. Deseamos un feliz desarrollo a Educación Física Escolar.

Cuando cada día me voy a casa, camino al lado de la valla de la escuela y observo a los niños: qué se dicen, a qué y cómo juegan, quién tiene muchos amigos y quién está solo, etc. Hace unos días tres niños hacían una especie de rifa; cuando llegué a su altura uno de ellos estaba enfadado, pues el en sorteo le había tocado ser Bárcenas. Allí se quedaron discutiendo sobre su buena o mala suerte y sobre quién hacía de político corrupto. Llegué a casa pensando en los referentes sociales de los niños: casi mejor quedarnos con los futbolistas, sus escupitajos y malos modos, e incluso con los personajes de telecinco. Vamos de mal en peor.

La unidad de gimnasia rítmica se cerró para los niños de cuarto con una coreografía que debían preparar por parejas integrando lo trabajado en la unidad  y que debían mostrar finalmente a todo el grupo. El trabajó salió muy bien y supuso un gran broche a las sesiones de casi dos meses. Los contenidos de expresión corporal generan una motivación y una carga afectiva impresionante en los niños. Es la unidad que, si consigo desarrollarla medio bien, más contento me deja con mi trabajo. Un día, cuando se acercaba el turno de una pareja para mostrar su coreografía, se acercó hasta mí una niña y me dijo con un grado de ansiedad notable que no, que era imposible, que no podía hacerlo, que se moría de vergüenza y de miedo ante sus compañeros. Traté de calmarla, de recordarle el trabajo realizado en la preparación, le dije que confiaba en ella, que lo iba a hacer bien y que sólo faltaba que ella confiara un poco más en sí misma. Finalmente lo hizo muy bien y volví a hablar con ella. Cuento esta pequeña anécdota para ilustrar la suerte y la responsabilidad que tenemos en momentos realmente cruciales para los niños. No sé cómo aprenderá a manejar este tipo de problemas esta niña, pero, en cualquier caso, hizo un gran esfuerzo en ese momento que seguro le permite afrontar con más recursos las próximas situaciones. Para mí, poder asistir a un momento donde el niño está presente, implicado y preocupado al 100% de sus posibilidades, el 100% de su persona frente al maestro, e intentar ayudarle en alguna medida es un gran privilegio, una fortuna que no se puede llevar a Suiza, pero que resulta mucho más satisfactoria.

Se acerca la primavera y con ella los elementos más propios de esta época: las grullas y otras aves migratorias (en la ciudad este grandioso fenómeno natural pasa aún más desapercibido; qué poco hace que las miraba con los niños en el patio de la escuela de Ansó) y también las pruebas de diagnóstico que se aplican en los centros para evaluar la competencia de sus pacientes, alumnos, en las cosas importantes: las matemáticas, el adjetivo y el verbo, y ese tipo de cosas. Con los resultados de estas pruebas el centro debe formular sus propuestas de mejora, bla, bla, bla. En definitiva, son unas pruebas que deben generar una cantidad de papel, cuanto más mejor, en cada centro. Sigo pensando con cierta claridad que esta evaluación no vale nada. Se generan protocolos, normas, propuestas..., que finalmente acaban dependiendo del elemento clave: el maestro, su formación e implicación. Todas las propuestas que no cuentan con este hecho son estériles, pues es el maestro el encargado de acto esencial y central de la vida escolar. Dicho más rápido y con mayor sencillez, si un maestro no tiene muchas ganas de ayudar y trabajar por sus alumnos, poco importará si cuenta con el mejor proyecto de lectura, de competencia matemática, o de cualquier otro contenido.

Y ya escrito lo anterior, que tengan una fantástica semana.

viernes, 15 de febrero de 2013

UNO ESCRITO CON LAS TRIPAS:


Hubo un tiempo bloguero en el que escribía las cosas tal cual salían de las tripas, sin filtro ni precaución alguna. Ahora, ya mayor, me sale del alma escribir con mayor distancia y evitar excesiva emoción en las palabras. Recuerdo unas entradas cuando murió mi abuela, u otras justo después de problemas escolares, donde seguramente debería haber permitido reposar los sentimientos. Las ideas en bruto son difíciles de digerir, más aún por los intestinos ajenos, por lo que conviene darles un procesado previo si no quieres, en el mejor de los casos, pasar por loco. Creo que los escritores buenos suelen decir que es más importante lo omitido que lo explicitado, lo que implica un costoso aprendizaje.

Ahora mismo es uno de esos momentos en los que conviene el reposo, el filtrado, pero resulta que también necesito la paz que otorga la escritura, así que...

La semana ha sido colosalmente confusa. Supongo que será difícil repetirla: un neurólogo me indicó algunos problemas importantes en mi cerebro; el martes fue un día memorable en la escuela con la visita de una gimnasta que revolucionó nuestras clases de EF; también en la escuela he estado implicado en un par de encontronazos entre los que piensan prioritariamente en los niños y los que difícilmente consideran que en la escuela hay niños; por último, hoy una familia ha querido unirse a la fiesta y me ha acusado de maltratar a su hijo física y psicológicamente.

El último asunto es terrible. En esencia, llegados a este punto, lo que me cuente la familia o los trámites que estén dispuestos a seguir me importa un carajo. Lo que me importa es que conocer esta mañana este hecho me ha dejado conmocionado, que unos padres de un niño puedan pensar que, remotamente, puedo tratar mal a su hijo es directamente inasumible. El mayor problema es que no me han consultado en ningún momento, sino que han acudido a otras instancias para tratar el asunto. Esto me hace pensar que directamente no cuentan con mi opinión, lo que me deja completamente aturdido para hablar con ellos dentro de unos días. Si unos padres creen que un maestro maltrata a su hijo y no creen siquiera necesario pedirle explicaciones, creo que sobra visita alguna a la escuela: la visita es directamente al juzgado del lugar.

Quizá sea todo normal desde el momento en que un maestro de pueblo no puede estar dando clase en una escuela tan terriblemente urbana. Quizá la siguiente entrada sea redactada desde la cárcel. Entonces tendré mucho tiempo para escribir y para hacer pesas y cursos de manualidades. Siempre hay una versión amble de los hechos. Buen fin de semana.